
Dionicio Morales
Mi querido amigo René:
Con motivo de los primeros cuarenta años de la publicación de tu novela Los juegos (1967) me vienen a la memoria ciertos datos que veía un poco lejanos y que hoy regresan como una cinta cinematográfica. Siempre creí que habías publicado primero que yo porque tu presencia en el medio literario de aquella época, es decir en tus inicios, era bastante notoria, entre otras cosas, por tu participación en el famoso Taller del maestro Juan José Arreola, que tanto bien le hizo a las letras mexicanas, no sólo con su extraordinaria obra personal sino también con sus magistrales enseñanzas, así como por tus incursiones en la prensa y en los medios literarios. Recuerdo que cuando salió a la luz tu novela Los juegos, los intelectuales conocidos y los escritores jóvenes no dejaban de hacer sus comentarios al respecto por las irreverencias con que pintas de cuerpo entero a los miembros de la llamada “mafia literaria” que se habían apoderado de casi todos los suplementos culturales, revistas literarias, organismos burocráticos culturales y editoriales, en los que sólo brillaban ellos y con los que conseguían canonjías, premios, becas y un prestigio que sin estos instrumentos al alcance de sus manos les hubiese costado mucho trabajo -como a todo escritor que se respete. Eras el tema del día, no nada más en las cantinas a las que asistían con cierta regularidad algunos escritores, sino también en las cenas o reuniones de los “caca grande”, que con una sonrisa helada, una crítica ácida y un disimulado silencio, aceptaban de mala gana lo certero de tu “ataque frontal”, como ellos le llamaban, hacia sus protegidos, amigos, admiradores o amantes, a los que exhibiste, ridiculizaste y denunciaste en tu novela con una maldad juvenil que a los ojos de sus personajes, conforme avanzaba la lectura, se convirtió en una especie de infierno donde sólo tenían cabida los pecadores, los perversos que en el medio cultural hacían y deshacían a mansalva en perjuicio de los demás que no eran amigos o favoritos ni le rendían tributo ciego a los miembros de este grupo. Los juegos, contó, es cierto, con el respaldo de ciertos críticos e intelectuales que, hay que decirlo, no formaban parte de ese grupo y que lo aborrecían por actitudes cretinas personales o profesionales para con ellos. Pero en los rumores, en los comentarios, en las sonrisas de quienes se asombraron por tu audacia no sólo literaria sino también política y satírica, a veces hasta sangrienta, viajaban como en un precipicio, las satisfacciones de los lectores al comprobar que un joven, un intelectual, un escritor, un René Avilés Fabila cualquiera, con sus juegos, con su literatura nueva, con su pasión política, con su militancia comunista, había provocado un cisma dentro de la maña al denunciar a sus integrantes en extraordinarios retratos hablados en una publicación, Los juegos, en la que aparecían todos los Correones y sus asistentes, guardaespaldas y seguidores. A estas alturas del partido, René, no podría decir si todavía existe entre sus miembros –los que quedan- algunos que todavía te sigan odiando y ninguneando por tu escrito. Lo que sí sé es que a través de todos estos años algunos te han perdonado la vida y se convirtieron en tus íntimos, en tus inseparables, algo que no sé a qué atribuírselo: si a tu generosidad de olvidar ofensas o a la generosidad de ellos. No dudo que los sobrevivientes de este naufragio, es decir de este grupo o mafia, se han de reír con cierto soslayo de tus ocurrencias y ataques disimulados -unos- en la frivolidad de determinados momentos de sus vidas -como los que cuentas en tu novela de cada uno de ellos-, pero reconociendo, porque no hay de otra, que tú tenías siempre la razón de tu lado. La mayoría de tus lectores de aquella época nos dejamos llevar por el entusiasmo de lo que Los juegos tiene de denuncia, de presentar una historia, aunque con distintos nombres de personajes, verídica, pero salpicada con los elementos críticos necesarios para llegar a la denuncia, como ya dije, pero sin perder de vista el sentido literario, la forma de expresión, los cánones que se deben emplear para llegar a conformar toda una novela, tu primera novela, René. La aceptación inmediata por parte de los lectores quizá dejó de lado otro de los puntos importantes de tu obra: la originalidad; sin temor a equivocarme, creo que es la primera ocasión que en una novela se airean estos problemas, estas situaciones. Lo curioso es que todos sabían cómo se manejaban estos tejemanejes en nuestro medio literario, pero ninguno dijo esta boca es mía, hasta que tú te atreviste. Y aunque los enterados de quiénes son los personajes originales, es decir en quienes están inspirados, pueden disfrutar más tu extraordinario sentido del humor, tu crítica corrosiva, porque saben, o sospechan, de qué pie cojea -del verbo cojear- cada uno de ellos; también hay que decir que tu novela Los juegos puede leerse y disfrutarse con pasión aún ignorando las debilidades originales en la vida práctica de Culeid, Rosicler, Berriozábal, Ruperto, Magdalena, Rex, Bartres, entre otros, y ahí es donde se impone tu visión literaria, el instinto creador, las lecturas asimiladas, para darle a tu novela la verdadera dimensión que quizá no sospechamos por aquellos años. Tu irrupción en la literatura mexicana fue un bombazo y fue tanta la trascendencia de tu audacia y de tu descubrimiento de escritor, que todavía padeces, hay que decirlo, algo del odio, de la indiferencia, del silencio hacia tu persona y hacia tu obra personal que a pulso te ganaste por aquellos años, y que reafirmaste con el paso del tiempo cuando publicaste El gran solitario de Palacio, después de la amarga experiencia y decepción nacional del movimiento del 68 que como todos sabemos terminó de manera trágica, y que seguiste reafirmando en tus artículos y ensayos políticos en la prensa nacional. Tú siempre asimilaste, René, que un artista debe ser antes que nada un crítico, no nada más de la realidad que lo rodea sino también de todo lo que trastoca, para bien o para mal, la vida en sus significados más relevantes para la realización de los seres humanos. De ahí tu crítica acérrima, tus juicios severos, contra los que, de una manera o de otra, desde un escritorio, desde una tribuna, desde sus partidos, desde sus dogmas, niegan con sus mezquinas actitudes los razonamientos normales para la consecución de una vida más diga. A ti también te debemos, René, que a partir de tu novela que hoy cumple la nada despreciable edad de cuarenta años -la mitad de una vida-, entre otros -pocos- camaradas que han luchado por lo mismo que tú, se haya abierto, desde entonces, un poco la censura hacia estas manifestaciones literarias y haya servido de ejemplo a otros escritores para escribir con toda libertad la crítica abierta, sana, certera, a veces sanguinaria -como se la merecen- hacia ciertos funcionarios y depredadores no sólo de la vida en general sino también de la cultura, incluyendo al propio presidente de la república, intocable en esas épocas ni con el pétalo de una rosa. ¡Qué culpa tiene la rosa! Los juegos, René, tu primera novela, te sumió en un círculo señalado por los mafiosos que caricaturizas y ridiculizas en tus páginas con sabrosura, con mala leche, con vitriólicas sonrisas, es decir te marginó, pero al mismo tiempo te convirtió en un hombre libre, en un escritor libre, en un mensajero de la verdad. Quizá lo más relevante de tu novela es que haya sido escrita hace cuarenta años y que al leerla en la actualidad creamos que las historias son las mismas, que todo cambió para que todo siguiera igual. Los personajes, obvio, ya no son los mismos -aunque muchos se niegan a rendirle cuentas al Creador porque ya alcanzaron tu perdón- pero sí son los mismos porque, como las víboras, sólo cambian de piel. La historia se repite, dicen algunos eruditos, pero aquí, al parecer, sigue siendo la misma. Nada más tú, René, has cambiado un poco, y es de admirarse que pese a los enemigos -ganados en buena lid-, a tus detractores, a tus amigos nuevos que antes te ningunearon, hayas conseguido, con méritos sobrados, un lugar dentro de la literatura mexicana de nuestro tiempo, no sólo como novelista, como cuentista, como periodista, como maestro, como crítico, como director de suplementos y revistas literarias, sino como hombre y como intelectual que no perdona la vileza y la mentira, la corrupción y los desvaríos políticos, en aras siempre de la verdad y la belleza. ¡Enhorabuena, mi querido René! Te quiere y admira.
Dionicio Morales