René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

En este bestiario, ¿quién es el raro?*

Jesús Vicente García

El peligro de leer libros que tratan de seres prodigiosos, extraños, mezclas de humanos con animales, caras de pez y cuerpo de ave, es que el lector sufra una metamorfosis. Por tanto, es necesario avisarle que, antes de hincarle el diente a estos textos, si no está inyectado contra las deformidades del hombre, contra sus propias deficiencias, es mejor que se abstenga: usted podría quedar convertido en una anfisbena (si no lo es ya), pero no cualquier anfisbena, sino en el que René Avilés Fabila le ofrece en su reciente bestiario que la UAM, en una exquisita edición de pasta dura, saca a la luz: De sirenas a sirenas.

¿Cómo surgen estos seres?

Quien hace este tipo de cuentos es alguien con un grado elevado de alucinación y muchos demonios en su interior. Pero no crea el curioso lector que la imaginación le llegó por acto de magia a Avilés Fabila. Los antecedentes hablan por sí mismos.

Desde niño, señala en su prólogo, le encantaba la mitología griega. También le da crédito al libro del historiador Gastón García Cantú Los falsos rumores, del cual bebió para engrosar ese gusto por los animales. Otra fuente: el efecto que tuvo en los conquistadores de América lo que vieron a su llegada: conejos, jaguares, monos, tlacuaches, entre otros seres que les hicieron desbordar su imaginación en cartas y crónicas que enviaban a España. Fray Bernardino de Sahagún escribe que Moctezuma vio un ave parda “del tamaño de una grulla”; en medio de la cabeza tenía un espejo, en el cual se reflejaban el cielo, las estrellas y una muchedumbre armada encima de caballos. “La imaginería indígena tenía lo suyo”. El autor recuerda que Borges hizo lo propio en este renglón (Manual de zoología fantástica, en México, y El libro de los seres imaginarios, en Argentina), y le achaca que no haya en sus libros animales americanos.

Sumergido hasta el cuello, Avilés Fabila buscó más fauna durante años en ámbitos mitológicos y religiosos. Formó sus propias “aberraciones y monstruos”, publicados en Los animales prodigiosos, cuya edición mexicana (en España hubo otra) fue galardonada en 1997 con el Premio Colima a la mejor obra publicada. Y nos adelanta algo: “a diferencia de otros escritores de bestiarios, usé a los animales como personajes de historias, esto es, no me limité a enumerarlos y narrar su características, sino a convertirlos en actores de mis historias de un tipo de fábulas modernas [… una mezcla de géneros: cuento, ensayo y aforismo... “.También gozó y estudió el bestiario de Juan José Arreola. Y como sintió que agotó el tema, creó una nueva clase de fauna fantástica que creyó pudo haber habitado en Mesoamérica. Inventó una saga prehispánica que plasmó en El bosque de los prodigios, “seres que no vieron los ojos europeos”. Se sumergió en la literatura clásica y en nuestros antepasados. Su objetivo: “hallar una fauna prehispánica de la imaginación”; espera haberlo logrado o, por lo menos, lograr que sea principio para que otros continúen la labor. De sirenas a sirenas es la reunión de textos anteriores con otros más recientes, prologada por el poeta Rubén Bonifaz Nuño (quien dice que se muestra una actitud pesimista, pero con un auténtico humorismo) e ilustrada por José Luis Cuevas.

De la forma de este libro

Después de esta búsqueda incesante, el resultado es algo que se sale de las manos, pero no de los ojos, como una serpiente inquieta, igual que su cuento “La anfisbena”, la misma de la que Borges ha dicho que era el tipo de serpientes verdaderas o imaginarias con que los soldados de Catón se enfrentaron. Tiene dos cabezas, la una en su lugar, la otra en la cola, “y con las dos puede morder, y corre con ligereza”, así que no se sabe cuál es el frente y cuál lo posterior. El maestro argentino nos informa que en griego significa que va en dos direcciones. René Avilés Fabila, de un plumazo, la pone en movimiento. “Es imposible prever hacia dónde se dirigirá: adelante o atrás”. Los dos cerebros de la anfisbena funcionan “en perfecta armonía”, lo cual evita una ruptura, porque de haber al menos una, vendría su muerte. ¿Tan frágil es? Luego agrega que “cada mitad no puede impedir una agresión por la parte trasera”. ¿Cómo está eso? Si se le ataca por la parte que uno cree que es la delantera, resulta que es la trasera, por principio de cuentas. Ese es el juego. ¿Cómo saber cuál es cuál? Edipo podría resolver este caso, pero no apareció ante mi invocación. Si no resolvemos eso, difícilmente podríamos ganarle la jugada a la anfisbena. Visto así, no es tan frágil, se antepone la virtud ambivalente y la ubicuidad; está en todos lados de sí misma. Su fragilidad es casi inexistente, sobre todo si vemos el final del cuento: “mientras que completa jamás ha necesitado cuidarse la espalda”. Es una totalidad y al mismo tiempo son dos, son muchas si se le echa metáfora. Es un ser hecho con principio y fin, con la salvedad de que no sabemos cuál es uno y cuál el otro, y, sin embargo, comienzan y finalizan de forma similar. Exactamente así es el libro, va en dos direcciones. Final y principio son uno mismo.

Forma anfisbena de narrar

Los principios de los cuentos a veces parecen ensayos o adivinanzas o historia, y aunque hay algunos finales sorpresivos (de los cuales gusta RAF), lo que fascina es el híbrido en sus textos, amén de la brevedad. Utiliza el cuento, la historia, la crónica y el ensayo. Es un todo, una técnica anfisbena: el libro va en dos direcciones, con diversas formas dado el uso de los géneros literarios, por eso no se puede ver de manera fraccionada; es como un animal creado por él mismo. Difícilmente puede decirse “esto es un cuento, esto un aforismo, esto una crónica”. Visto de otra manera, los textos son cuentos en forma de otro animal. Su vena narrativa está ahí: el gusto por contar historias, por crear un mundo, por inventar su propia bestia, así que lo que leerá no es un libro sino una anfisbena, y como anfisbena puede leerse de atrás hacia adelante.

Libro emparedado

Los extremos se tocan. El libro es un emparedado, donde principio y fin son uno. Veamos. Yendo directo a los cuentos, el que abre y el que cierra, son dos textos con anécdota similar; uno más breve, el otro más extenso; dos personajes solos, uno lector, el otro no tanto, y a ambos se les aparece un ser por demás extraño. En el primero, “El extraño visitante”, el personaje visitado es un lector nocturno, al que siempre que está leyendo o anda en eso, se le parece un animal mitad cordero y mitad gato. El personaje experimenta curiosidad. Una noche se le acerca tanto que piensa que podría venderlo a un espectáculo circense; el animal desapareció y ya no lo visitó más, como si hubiese leído su pensamiento y hubiera temido a la perversidad humana. El último cuento está insertado en la cuarta sección, “Imaginería mexicana”. Se alimenta de las creencias nacionales: la imagen del nagual. Al personaje se lo contó su abuela, quien de niña presenció una noche la aparición de un nagual en forma de toro, con una cabeza más grande que la ventana de su casa de adobe y que emanaba un olor fétido. Su bisabuela rezó lo que pudo. Al día siguiente bendijeron la casa con agua bendita y ya nunca más lo vieron. La historia sigue, el encuentro con el nagual lo transforma, ya no será igual la vida para él. Sintió miedo y después cierto poder. Ambos cuentos recogen las leyendas de los seres que se aparecen para darnos una información, para alertar algo a los personajes, que el lector sí sabe: ver nuestros propios miedos y deficiencias. Quien queda convertido en un animal extraño es el lector. Después de leerlo, no se mire en el espejo de inmediato, asimílelo un par de horas. En esta estructura del libro, los extremos se tocan, el bestiario es un emparedado, donde principio y fin son uno. Ergo: “La anfisbena” es la parte por el todo en De sirenas a sirenas.

El ritmo animalesco

El autor reunió sus cuentos, pero no a la manera en que se convoca a los amigos a una cantina, sino como un escritor con cincuenta años de carrera que pone y quita, experimenta y mira desde arriba a sus creaciones, mueve piezas como Zeus desde el Olimpo. Esto marca un ritmo. Así, en la serie “Perversiones de la naturaleza”, introduce al mismo lector por medio de la alegoría: “El grifo” es un pretexto para señalar que el hombre es un animal ambicioso, capaz de envejecer con tal de sacar provecho del otro. El lector puede entonces pensar en esos tipos terribles que dirigen países o movimientos políticos que destruyen lo que sea, movidos por ambiciones propias. El espectador cree que va al zoológico para ver animales raros, cuando en realidad va a verse a sí mismo, y los que están en la jaula son los que nos miran como si fuésemos monstruos. Para muestra, “El tamaño de la cárcel”: “El animal que vive dentro de una jaula, únicamente ve a un prisionero con más espacio que el suyo”.

El lector deja de ser lo que cree que es. Por ejemplo, si quien lee es una mujer madura, que a su paso recoge miradas que no se animan a acercarse, al contacto con el libro se identifica con “De dragones”, que ya no son utilizados en la literatura, que ya pasaron de moda; sólo tienen glorias pasadas. Si volviese el uso de dragones, nos dice el autor, “la poesía volvería al campo de batalla: otra vez a disputar por motivos románticos y no por razones mezquinas”; y la dama en cuestión suspirará por el cuento, refunfuñará por sí misma, por esa imagen: al igual que el dragón, le encantaría volver al campo de batalla.

En “Serpentario” están las perversidades del hombre, su apego a la burla del otro, a la vanidad, al sexo nocturno por una serpiente anónima, estéril, al deseo de la muerte ante el olvido. En la tercera sección se ve un gusto por el mundo al revés. A la Esfinge de Tebas, derrotada por Edipo al resolver el enigma, se le acabó el ingenio y es visitada los fines de semana por los niños que se burlan de ella; sus acertijos son fáciles de resolver, por eso se la pasa aburrida y silenciosa. En “Minotauromaquia” no es el torero el que corta oreja y rabo y es ovacionado por el respetable, sino el toro:

Minotauro, que firmó un contrato jugoso para las corridas. En lugar de ser toreado, él mata a los toreros. Cambió el formato taurino para que él sea el que corte orejas de toreros y sean los cadáveres humanos los arrastrados por la arena.

La sección que da título al libro es erótica, con algo de matapasiones. Las sirenas no son tan hermosas como nos las han pintado otros poetas e historiadores. Son seres con cuerpo de ave y rostro de mujer; si cambiamos el orden de los términos, seguro que las hemos visto en la calle, en algún vagón del metro o en alguna presentación de libro. Así que por sirenas no quedamos. El hombre quiere verlas hermosas; es la lujuria de éste lo que ha movido la historia en lo que a ellas concierne. El libro, entonces, tiene ritmo de serpiente al deslizarse frente a sus ojos. Al dibujar a sus animales, muestra nuestras bajas pasiones, nuestra irracionalidad, el pesimismo en que nos movemos y lo que creemos virtudes pero en realidad son una porquería.

Por eso, esta edición invita a que las nuevas generaciones lean e intenten crear una nueva fauna, para que la fantasía sea pan de cada día; y así observará el curioso lector que en el fondo René Avilés Fabila es como su ave bucson, es uno de día y otro de noche, no pisa el suelo, se alimenta de las pesadillas de los hombres, de él mismo, y estaría condenado a la extinción en la medida en que perdiese la capacidad de fantasear, lo cual se antoja muy difícil.

* Aparecido en la revista Casa del Tiempo. No. 40. Febrero 2011. Universidad Autónoma Metropolitana. México, 2011.