René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Fantasías en Carrusel*

Marco Tulio Aguilera

Es indudable que “lo fantástico” tiene más relación con la angustia que con el temor. La diferencia entre angus Kierkegaard quien señaló que angustia es el horror a lo desconocido, mientras que el temor es el horror a lo conocido. Cuando nos asalta una inquietud insoportable (uneasyness, la palabra inglesa, expresa con más claridad ese “estado de ser”: dificultad para afrontar una situación, falta de respuesta programada….) y no conocemos el origen de esta sensación, estamos ante la angustia (angst, anguish, ansia). Cuando un auto está a punto de atropellarnos, cuando nos hallamos ante una fiera, cuando alguien nos amenaza con una pistola, estamos ante el temor. La angustia es interior, no se puede huir de ella, no se puede matar con un arma, precisamente porque a donde vayamos ella nos acompaña. El temor resulta de encarar un peligro exterior, podemos afrontarlo, tacarlo o huir. Visto en el trance de definir lo que es fantástico Tzvetan Todorov señala que: “En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablos, sílfides ni vampiros se produce un acontecimiento difícil de explicar por las leyes de este mismo mundo familiar”.

A la luz de los anteriores planteamientos trataremos de acercanos al libro Fantasías en Carrusel, de René Avilés Fabila.

Una primera observación nos hace notar que, en la mayor parte de los textos, lo inexplicable tiene una intencionalidad; la fantasía es fantasía irónica, fantasía crítica, fantasía política, pero, casi nunca es fantasía, asilada de un objetivo casi pedagógico. Despojada de su “pureza”, las situaciones inexplicables, se tornan explicables gracias a la razón. La fantasía, por lo tanto, deja de ser fantasía, para transformarse en alegoría. Las situaciones, una vez descifradas, impulsan más al temor que a la angustia. Y sin embargo el mismo temor es desvirtuado por la ironía que en la mayor parte de los textos se maneja. La ironía es una forma de hacer aceptable lo inaceptable, y por esta misma razón, los textos que se acercan a lo fantástico, quedan doblemente desvirtuados.

En términos generales la actitud del narrador ante la realidad en Fantasías en Carrusel es ingeniosa. Prácticamente todos los seres, todos los objetivos y situaciones imaginables, son objeto de un trastocamiento. Así vemos por ejemplo revividas las obsesiones de Valery, Cellin o Miguel Ángel, quienes perseguían la consecución de un arte vivo: naturalezas muertas en las que los vinos se añejan y las carnes se pudren, estatuas palpitantes, países enteros que concebían la vida como placer estético. Nos encontramos ante los diferentes géneros de vampiros: el literario, que se nutre de las obras maestras para escribir sus novelas; el mutante, que se convierte en mosquito; el burlado que se convierte en curiosidad turística; el ingenuo, que chupa la sangre de un leucémico; el del futuro, que muere al no poder digerir el aceite de las máquinas (y entre paréntesis, un minicuento de gran calidad: “Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes”); luego vienen los fantasmas, tan vapuleados desde que Oscar Wilde ridiculizó al de Canterville: Fabila afirma que estos sólo existen con vigor en los países sajones y agrega que: “De lo anterior, podemos concluir que los fantasmas exclusivamente aterrorizan o agreden a los aristócratas y a los miembros de la burguesía. Lo que significa que hay algo de la lucha de clases -prolongación al más allá- en la existencia de los fantasmas, pues ¿Cuándo los han visto acosar obreros y campesinos?”. Bella conclusión, -ya señalada por Andy Warhol, el director de cine, y otros- a la que debió llegar el lector sin la ayuda maternal del narrador. Y luego viene “Mirabel”, uno de los mejores textos, cuyo encanto reside en un dato oculto: la esposa, que el marido cree bruja porque cocina sus pucheros por la noche, resulta una iniciada en los secretos de la culinaria. El esposo descubre lo anterior muy tarde: después de haberla matado. Y en el inventario apresurado le siguen en su orden el reino animal: un pato doméstico que decide retornar al estado primitivo y volar: un docto perico, sabio en filosofía y otras tergiversaciones, que decide no volver a hablar y termina disecado; un engendro mitad gato mitad cordero; ratas en la picota, los caballos pura sangre… y viene la mitología: balnearios que contratan sirenas; clubes nocturnos que son avernos; arpías contratadas por laboratorios especializados. (Y hablando de la actualización de la mitología : ¿Quién dice que los temas literarios están agotados? La técnica de James Joyce en Ulises que le permite convertir a Dublín en la nueva Ítaca, apenas si ha sido utilizada a fondo por cuatro o cinco autores. Y ninguno, que yo sepa, ha profundizado verdaderamente en esta veta narrativa). Y continúa el recuento: minotauros contratados para corridas de toros, la Esfinge de Tebas burlada por los niños contemporáneos, los sátiros enjaulados en zoológicos, el mirmecoleón (mitad hormiga, mitad león) también aburriéndose en el zoológico, la anfisbena, serpiente con una cabeza a cada extremo de su cuerpo, las nagas, que pueden adoptar cualquier forma… Y viene la técnica: los problemas morales que causa el transplantar el corazón de un negro al cuerpo de un blanco; el enamoramiento de una anciana a la que se ha instalado el corazón de una joven; los transplantes equivocados: orejas en lugar de ojos, ojos en lugar de dedos… y un cuento cruel: “Autocanibalismo”: los seres humanos se ven atacados por la imperiosa necesidad de comer partes de su propio cuerpo.

Y antes de seguir con la enumeración, un respiro: aunque parezca anti-algo, se debe decir que los mejores textos son aquellos en los que no se descubre una intención oculta, sino simplemente el regocijo de la imaginación. El problema, creo, es que cuando Fabila critica directamente, no nos da una nueva perspectiva, sino que nos muestra algo ya visto. Y lo que afirmamos se aplica especialmente a los relatos siguientes, en los que compara a los militares con simios. En el fondo, la subversión de la realidad es más convincente en la práctica que en la ficción. En el fondo, también, la imaginación aparentemente gratuita, es una forma de subversión: una apertura de las posibilidades.

Entramos pues en la crítica imaginativa del opio del pueblo: milagros a control remoto (“bienaventurados los que tienen televisor”), el tema de Judas como el verdadero redentor, nuevas interpretaciones de las Sagradas Escrituras (“me pregunto ¿Cuál fue el objeto de castigar a los hombres y animales con el Diluvio Universal y más adelante destruir ciudades como Sodoma y Gomorra si las cosas quedaron mucho peor?”).

Más adelante, en los textos “Sobre la crueldad”, por fin hallamos escenificado aquel lugar común de que “la realidad es, en muchos casos, más fantástica que la imaginación más loca”. Los asistentes a un show gozan con la destrucción moral del artista (recuerdo una noticia periodística: un negro decidió suicidarse en una ciudad norteamericana. Se encaramó a la azotea de un edificio y se asomó a la calle, cien -o cincuenta- metros más abajo. Pronto hubo un público numeroso blancos que le pedían a gritos que se lanzara al vacío,… Bueno, entonces la afirmación de que la fantasía, necesita aislarse de la realidad para ser fantasía, pierde sus bases. El problema no es tan sencillo. En verdad la realidad es fantasía, pierde sus bases. El problema no es tan sencillo. En verdad la realidad es fantasía cuando de ella se sabe seleccionar “lo particular” o lo insólito. Y sobre todo cuando a esa realidad fantástica no se la tiñe con la aburrida pedagogía.

“El crimen perfecto” es otro ejemplo de realidad elevada al nivel de fantasía: el único crimen perfecto, en el cual la policía no pudo capturar al criminal, es el suicidio. Queda una objeción teológica: y si Dios existe, ¿qué? Pues sería imperfecto, porque el criminal sería encerrado hasta la eternidad en las mazmorras del infierno.

Y llega la sección VIII, ya anunciada y criticada, que al modo de ver quien escribe, debería ser desterrada del libro y acomodada en otro que carezca de un título que anuncia fantasía. Se titula, aristotélicamente, “Se dice que el hombre es un animal político, pero en realidad de lo último tiene poco”. De todos los textos, se salva (en mi opinión) “Las murallas de Jericó”, pero sin el molesto colofón: “todos pueden contribuir a las tareas revolucionarias”.

La conclusión del libro es forzada, cuando pudo evitarse fácilmente, con el sencillo procedimiento de eliminar la mayor parte de los textos a partir de la página 174. Dice así: “De Platón en adelante los grandes pensadores han tratado de organizar más inteligentemente a la humanidad y sus esfuerzos han terminado en loables intentonas poco serias, en estrepitosos fracasos o en bellos textos literarios. Sin embargo, pese al desolado panorama no todo está perdido: nos queda aún la gran utopía de Marx”. El lector que tenga dos dedos de frente dirá “estoy de acuerdo”, pero no dejará de sentir que le han dado, al final, gato por liebre; que le han querido encajar a la fuerza un libro que tiene una pierna de más, que tiene más de una cabeza: la fantasía, paradójicamente, tiene una lógica tan rigurosa, como la de la ciencia más estricta.

* Publicado en Universidad. 21 de mayo de 1979. Monterrey, Nuevo León.