René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Casa del silencio

2001

Como toda nota introductoria importante, la de René Avilés Fabila contiene tal cantidad de segmentos técnicos y temáticos que resulta complicado, si no imposible, establecer la preeminencia de unos sobre otros; sin embargo, tanto en sus novelas como en sus cuentos es indudable la presencia recurrente de tres asuntos capitales: el amor, la fantasía y la política.

¿Cómo es posible que especies -o espacios- en apariencia tan disímiles y aun contradictorias convivan con tal armonía y fortuna en la narrativa de este autor? Que esto ocurre se comprueba en la selección de textos que el lector tiene en sus manos.

Antes que nada, parece pertinente hacer algunas precisiones en torno a la segunda de ellas, la fantasía. Aunque con absoluta razón especialistas como Tzvetan Todorov apuntan la existencia de una especie literaria denominada fantástica, para referirme a la cultivada por Avilés Fabila diré que no se trata exactamente de aquélla, sino de la nutrida en la imaginación en la fantasía desbordada, aunque en muchos momentos tenga nexos evidentes con la considerada por Todorov et al.

Éste distingue entre los relatos de horror, los maravillosos y los fantásticos. En los primeros se admite sin reservas la presencia de sucesos y seres sobrenaturales per se como muertos redivivos, fantasmas y entes demoniacos que atemorizan y se apoderan de los seres humanos comunes y corrientes, los maestros del género son autores como Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft y August Derleth, entre otros. Los segundos -los maravillosos o de hadas, están poblados por personajes y hechos asimismo inexistentes, como muñecos de madera o soldados de plomo que cobran vida, príncipes convertidos en bichos que son rescatados del encantamiento por el beso de una princesa, o calabazas que se convierten en fastuosos carruajes gracias al pase mágico de un hada portentosa. De esta especie son paradigma los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen y Perrault. En ambos casos, pese a la improbabilidad de su existencia, los lectores nos dejamos llevar por los acontecimientos si es que queremos disfrutar las propuestas del escritor, es decir, seguimos las reglas del juego. Entre los dos -textos de horror y cuentos maravillosos- se mueven los terceros, los fantásticos, en los cuales un suceso extraño irrumpe en la normalidad y suscita el pasmo de los protagonistas y en consecuencia de los lectores: aquel fenómeno no puede ser explicado mediante el razonamiento ni por ideas demoniacas ni por la presencia de la magia: si eso pasa, deja de ser fantástico para inscribirse en los parámetros del horror, de lo maravilloso o, simplemente, de lo normal. La cualidad innata de la literatura fantástica es la provocación de la duda, de la incertidumbre, al menos durante el tiempo de la lectura; Julio Cortázar es uno de los mayores cultivadores de tal modalidad.

Al hacer el bosquejo anterior he dejado al margen la fábula porque a pesar de que sus protagonistas son animales parlanchines o con cualidades humanoides, los propósitos de tales historias contienen indefectiblemente prédicas morales, intenciones didácticas. Y si bien de alguna manera esas intenciones pueden hallarse implícitas en las especies primeramente mencionadas, sus intenciones son otras: el entretenimiento mediante la expresión artística.

Y quiérase o no, todas esas subespecies son tales porque derivan de una especie central, la Literatura. Así como hay literatura de horror o de hadas, la hay también de contenido amoroso, histórico, policial, de aventuras, psicológico, testimonial, humorístico, etcétera, etcétera.

Hago estas consideraciones porque, con todo lo obvias que pueden parecer, son indispensables para acercarnos a los relatos de René Avilés Fabila reunidos en este volumen. En la sección titulada Fantasías se congregan piezas que responden sin ninguna duda a la materia prima del arte literario, la fantasía pura, por llamarle de alguna manera, sin aspirar a inscribirse en el rubro del que habla Todorov, sino simple y llanamente a referir acontecimientos capaces de llevar a quien lee por senderos sorprendentes sin supeditarse a una fórmula específica: son fantásticas porque proceden de la fantasía. (Paradójicamente, por lo menos tres textos que el multicitado Todorov celebraría como ejemplos soberbios de literatura fantástica aparecen en este libro bajo otro rubro, el amoroso, como se verá en su momento).

A lo largo de su vasta producción, René ha atisbado en infinidad de direcciones temáticas: lo mismo narra historias de vampiros que aventuras de ciencia ficción, fábulas a la mejor manera de La Fontaine que un bestiario personal y extraordinario; enredos entre fanáticos religiosos que truculentos líos amorosos. Esto es, su voracidad argumental no tiene límites. Pero creo que es hora de volver a las Fantasías de René recogidas aquí.

Aunque emparentadas por el aliento prodigioso de la imaginación, estas piezas tienen notables diferencias entre sí: algunas, las de menor extensión ("Borges y yo", "Mr. Hyde", "La piedra filosofal"), son divertimentos cuya finalidad no es otra que arrancar una sonrisa a los lectores; y se consigue en la mayor efectividad. Y en relatos más extensos se apela a la erudición para hablarnos de sorprendentes descubrimientos arqueológicos y sus consecuencias ("El misterio de las pinturas rupestres"), de los días en que Noé navegaba en su arca rodeado de toda la fauna posible, de epopeyas taurinas vistas desde una óptica inusitada, de restaurantes que son en realidad bibliotecas, de episodios de personajes mitológicos que escaparon al registro de Homero ("El banquete de Ulises"), de nuevas religiones surgidas de la modernidad tecnológica, de la reivindicación de personajes sepultados en la ignominia por el catolicismo ("Judas Superstar") o del encuentro con el Abominable Hombre de las Nieves... pero, pese a su apariencia de seriedad subyace tras de esas piezas el sentido de lo lúdico, del juego ilimitado que las hacen no monolíticas repeticiones de asuntos mil veces manoseados, sino radiantes encuentros con lo novedoso gracias a la manera personalísima con que el autor los aborda. En estos relatos, la imaginación y la inteligencia se dan la mano para hacer que sin ninguna reserva podamos considerar a RAF entre los cuentistas mejor dotados de cuantos hay en este país, que por fortuna no son pocos.

Como se dijo, otro de los temas que más atraen a René Avilés Fabila es el amor (o el desamor y otras variantes). Le ha dedicado toneladas de papel y ríos de tinta, bastaría acercarse a sus novelas Tantadel y La canción de Odette para corroborarlo, mas es en sus relatos donde esa vena se vuelve imprescindible: la sección de este volumen llamada Amatorias es un botón de oro.

"La lluvia no mata las flores"(que da título a uno de los primeros libros de René), para mí uno de los más entrañables relatos, refiere una historia de soledad urbana, donde los jóvenes son los protagonistas. Un cuento bien estructurado y posiblemente uno de los más logrados. Están, además, otros que forman un abanico espléndido para dar idea de los tratamientos que el autor da al asunto. Contado de la manera más tradicional, "Emma" es una historia punzante, dolorosa: lo que al principio tiene visos de una relación amorosa sui generis deviene prueba de que el amor no es como lo pintan. En tanto, "Regreso a casa" es desolador aunque por razones distintas: la chica que determina abrir las puertas a una experiencia inédita resulta sacudida por los demonios de su imprevisión y así lo que cualquiera podría imaginar una edulcorada relación sentimental se vuelve una bofetada dolorosa.

En "La casa del silencio" nos topamos con un triángulo amoroso que no por incipiente impide que asomen los fantasmas de la fragilidad de los sentimientos de los protagonistas. "King Kong", "La mujer del sol", "Un hada en mis sueños", "Precio justo" y "Bailarina" son breves historias de amor (o como pueda llamárseles en cada caso) que permiten ver cómo las manifestaciones de aquel sentimiento son infinitas. Pero en esa variedad de causas y efectos del amor estriba su grandeza; lo instantáneo, lo eterno, lo frágil y lo imprecisable son algunas de ellas.

Calculadamente menciono en conjunto cuatro de las historias contenidas en este segmento: "Miriam", "La otra dimensión o la dama del cuadro", "Acabar con la soledad" y "La amante nocturna". ¿La razón? Son historias amorosas, sí, pero tienen perfiles de lo extraordinario, y pueden inscribirse en la parcela de la que empecé hablando: la literatura fantástica según la perspectiva de Tzvetan Todorov.

En "La otra dimensión..." los protagonistas principales son un matrimonio y su sirvienta, personas en apariencia ordinarias. De repente, descubren que en el jardín hay una cadena que pende, inamovible, de la nada: los esfuerzos que hacen por quitarla de "ahí", son inútiles, como sus intentos de explicar el fenómeno. Comparten el hecho con otra pareja de amigos, y entre todos hallan los motivos de esa presencia singular y perturbadora: la cadena perteneció a una dama a quien han visto pintada en un cuadro, y que ha conseguido "reencarnar" en una de las protagonistas.

"Miriam", por su parte, refiere la relación de la chica que le da título con un hombre que existe y no existe a la vez: ¿es un fantasma?, ¿una alucinación? En "Acabar con la soledad" hay una historia de corte fantástico que celebraría el mismísimo Cortázar. "La amante nocturna" podría considerarse un relato de fantasmas, pero la certeza por parte del protagonista-narrador de que lo referido ocurrió realmente nos instala frente a la duda y a la incertidumbre, peculiaridades inalienables de la literatura fantástica. Amor y fantasía trenzados en un nudo casi imposible de deshacer.

"Doña Inés del alma mía" debe cocinarse aparte: el narrador es un escritor llamado René, sin duda alter ego del autor, y uno no sabe -no tiene por qué saberlo- si se trata de una pieza literaria auténticamente diseñada. En el libro de René titulado Cuentos de hadas amorosas esta fórmula -la ¿apariencia? del sesgo autobiográfico- es la constante.

Como sin querer, he apuntado que René Avilés Fabila tiene entre sus herramientas más efectivas el sentido del humor. Creo que es, junto con Jorge Ibargüengoitia y Fernando del Paso uno de los maestros en la materia. Y aún más: cuando el humor deviene sarcasmo, no hay persona o cosa o situación que pueda escapar de él: no queda títere con cabeza.

Son precisamente las piezas del apartado De la política donde el humor, la ironía y el sarcasmo resultan motor indetenible. Quien ha leído a René sabe que es un periodista de los más críticos y contundentes de cuantos hay en México; como dice el lugar común, "no tiene pelos en la lengua", y dice cuanto haya que decir y en la forma en que haya que decirlo, es decir franca, abiertamente, sin tibiezas ni pudores. Aunque podría parecer materia aparte, ese espíritu crítico irrenunciable se trasmina en la literatura de este autor, aunque por supuesto revestido por la estética literaria: deja de ser un discurso calculado para aparecer en la prensa diaria ("Nada hay más viejo que el periódico de ayer", señala el refrán) y se vuelve un ente específicamente literario. Entre las novelas políticas más importantes de México se cuenta El gran solitario de palacio, cuyo eje son los sucesos político-estudiantiles ocurridos en 1968. Pero es de los cuentos políticos de René de lo que corresponde hablar aquí y ahora.

A decir verdad, si uno se pone a hablar de política y políticos, sobre todo al estilo mexicano, terminaría llorando, apabullado por la vergüenza o convencido de que este país es cuna natural del surrealismo y la incoherencia: si Franz Kafka, Samuel Beckett o el mismo André Breton hubieran nacido en este país, serían simples naturalistas. Esto lo sabe muy bien René, y para no llorar y no morirse de vergüenza habla de la política y los políticos de la manera que le parece más apropiada: por medio del sarcasmo (que significa burla despiadada). ¿Se imagina el lector que por uno de esos accidentes malhadados una sirvienta haga que la aspiradora insufle las cenizas de un difunto, y que como se ha mezclado con la basura ordinaria la viuda determine colocar en el nicho correspondiente la aspiradora misma en vez de la urna? ¿A quién podría ocurrírsele?: a la viuda de un general mexicano, desde el punto de vista temático, y a René Avilés Fabila desde el literario. La anécdota anterior se refiere en "Las cenizas del general":

¿Es posible que haya fantasmas comunistas y fantasmas pequeñoburgueses? ¿Será posible que un secretario de Estado dé toques (en sentido estricto: que produzca descargas eléctricas) al grado de volver charamusca al mismísimo presidente de la República?, ¿o que otro ministro despierte, kafkianamente, siendo un vaquero dispuesto a aniquilar a los "sucios rojillos"? ¿Será posible todo eso?

En la literatura de René Avilés Fabila todo eso y más, mucho más, es posible.

De veras: uno se muere de la risa cuando lee piezas como las incluidas en este apartado. Y al mismo tiempo se angustia, o se conmueve, o se llena de rabia o de vergüenza. Pero qué le vamos a hacer, así es la política, así son nuestros políticos. Día a día, la realidad nos enseña que cosas como aquéllas ocurren en México (véase, si no, todos los embrollos generados tras la muerte del político José Francisco Ruiz Massieu: la calavera de uno de los presuntos asesinos resultó ser la de otro; el fiscal encargado de las pesquisas fue encarcelado; el hermano de la víctima fue hecho prisionero en otro país y luego se suicidó). ¡Qué hacer!

René lo sabe muy bien: hay que reírse, pitorrearse, hacer literatura como posibilidad de escape, como catarsis.

Obviamente, detrás de ese pitorreo, de ese cúmulo de arrebatos lúdicos hay una extrema seriedad, un aparato crítico verdaderamente serio y hasta dramático. ¿No es ésa una de las funciones primordiales del arte, de a literatura: proponer cosas mediante los opuestos (la gravedad de los hechos filtrados por la ironía y el sarcasmo)?

Textos como "Los piratas", "Fiat lux!", "La burbuja de aire", "Los hombres blancos"; etcétera, cumplen esa función: devastar lo devastador, demoler lo demoledor por medio de ese remedio infalible que es la risa.

Como se dijo al principio, en la obra literaria de René Avilés Fabila existe un cúmulo impresionante de historias y personajes de tal magnitud que tan sólo enumerarlos exigiría otro libro. Los temas en que este libro ha sido parcelado -la fantasía, el amor, la política- son sólo algunos de ese amplísimo abanico. Remitámonos a ese volumen delicioso (permítase el calificativo) que es Los animales prodigiosos para saber que René puede codearse en firme con fabuladores de la talla de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Juan José Arreola, y que las fábulas tipo La Fontaine son asuntos pasados de moda. O vayamos a Réquiem por un suicida para darnos una empapada de esta cosa tan seria que es la vida.

El material que el lector está a punto de disfrutar -de eso no hay duda- es apenas una muestra de ese mundo alucinante que es la narrativa de René Avilés Fabila. Y apuesto que al llegar a la última página del volumen correremos en busca de la obra completa de quien, insisto, es uno de los mayores escritores de este país plagado de artistas enormes.

Ignacio Trejo Fuentes