A estas alturas del difícil compromiso existencial, apenas rebasada la línea de los cincuenta años, René Avilés Fabila ha sido pródigo, abundante, en la producción literaria. Más de veinte volúmenes, entre los que destacan los cuentos y las novelas, aparecen en su currículo, que también incluye una licenciatura en relaciones internacionales y un amplio trabajo periodístico desde siempre en dos vertientes: el análisis y el comentario político, y la reflexión en los ámbitos del arte y la cultura.
Comprende también la bibliografía de Avilés dos libros poco conocidos y escasamente recordados: una muy corta biografía de Albert Schweitzer, no recuerdo de qué año, seguramente de los sesenta, y una colección de entrevistas agrupadas bajo el título de El escritor y sus problemas, que publicó el Fondo de Cultura Económica en 1975.
Pero decíamos que en la obra vasta y múltiple de nuestro amigo destacan los cuentos y las novelas. Y yo, en principio, quiero repasar de manera sintética la obra novelística, la de más largo tranco realizada por Avilés, para tratar de definir en ella ciertas constantes de su narrativa.
Cuatro son las novelas que conforman este itinerario: Los juegos, Tantadel, El gran solitario de Palacio y La canción de Odette. En ellas, entiendo, podemos encontrar las líneas principales del quehacer literario de Avilés: el tema político, el tema amoroso y el tema fantástico. Y de manera recurrente, permeando esos motivos temáticos o dejándose filtrar por ellos -lo que depende de las variables en la intensidad del tema o en la intensidad de la intención-, hallamos un humor ácido cuya gama tonal va de la ironía al sarcasmo.
Los juegos es una sátira feroz que apunta hacia la crítica de las actitudes de los estratos intelectuales y artísticos que dominaban en México durante los años sesenta. El acucioso trabajo de caricaturización de Avilés, que nos permite reconocer a diversas personalidades de la época, no excluye a ciertos políticos que predicaban por el lado izquierdo y acababan refugiándose en el PRI o en sus sucursales.
En El gran solitario de Palacio Avilés retoma el tema político y de nuevo lo trata, valiéndose de la sátira. Sólo que ahora el blanco no es el artista ególatra o el camaleónico político segundón, sino -como bien puede adivinarse por el título- la cima del poder político, el presidencialismo que es, y ha sido a lo largo de casi dos siglos, una de las más trágicas circunstancias nacionales.
Tantadel y La canción de Odette -por cierto publicadas en principio con distancia de siete años y luego en un sólo volumen en 1985- son novelas de amor; o bien, en el caso de la primera, como lo ha señalado el autor, de desamor, de la imposibilidad del amor.
En ambas novelas campean amor y humor, pero hay una clara diferencia marcada por la inclusión, en La canción de Odette, de elementos que son de la predilección de Avilés: lo fantástico, el reino de lo mágico, el reino del sueño que se inscribe en la cotidianidad.
Hay un libro reciente de René que no es una novela ni un volumen de cuentos, pero que quiero mencionar aquí. Se trata de las Memorias un comunista, extraño híbrido cuyo espacio comparten un relato autobiográfico, modos narrativos novelísticos y fórmulas del ensayo político. Si bien no hay en esta especie de memorias, para su mayor fortuna ficciosas, y por tanto apócrifas en buena parte, la continuidad de una trama o el trazo firme de unos personajes; están claramente presentes el tema político y el bravo y descarnado sentido del humor de Avilés.
Bien, pero hoy, con motivo del libro de René que nos asedia, hay que abordar el tema Jorge Luis Borges y su relación con Avilés Fabila. No se trata de la imbricación producida por un mero título -a la vez del libro y del cuento que lo inicia-, porque entre las influencias cuentísticas aceptadas por el autor de Borges y yo, además de Poe y de Wilde, aparece en lugar preferente el inventor de Historia universal de la infamia.
En una entrevista realizada hace 25 años, relataba Borges que de joven escribía solamente artículos y poemas. Por entonces, cuenta, recibió un golpe en la cabeza que lo obligó a prolongada estancia en un hospital. Pensaba Borges entonces, entre el insomnio y la pesadilla, que quizá ya no podría escribir lo que más le apasionaba: sus poemas. Y para no enfrentarse a la posibilidad de una decepción en ese género, decidió escribir cuentos.
Que yo sepa, René Avilés Fabila jamás intentó escribir poesía ni recibió en la cabeza golpe alguno que lo inclinara al cuento. Desde muy joven, hará unos treinta años, algo más, cuando René, José Agustín, ocasionalmente el poeta Antonio Castañeda y yo nos reuníamos para leernos y destrozarnos aquella remota producción literaria, ya Avilés escribía cuentos con características semejantes a las que tienen estos que hoy comentamos.
Vimos nacer sus primeros textos breves, que más tarde hallamos reunidos en un espléndido libro de cuentos: Hacia el fin del mundo. Vinieron después, y discúlpenme las omisiones y el desorden cronológico, La lluvia no mata las flores, La desaparición de Hollywood, Nueva utopía o los guerrilleros, Fantasías en carrusel, Los oficios perdidos, Cuentos y descuentos, Todo el amor, Los animales prodigiosos. Y ahora, Borges y yo.
Pero llega el momento de volver a las líneas temáticas y demás elementos que intenté desentrañar en las novelas de Avilés Fabila. Y no hay discordia con los temas y modos que ha volcado en sus cuentos, de Hacia el fin del mundo, obra cuya primera edición es de 1969, a Borges y yo, que terminó de imprimirse en septiembre de 1991.
No sé si René se quiera más novelista o cuentista, y es ésta una pregunta que podríamos hacerle para que, cualquiera que sea el caso, nos ofrezca sus razones, Al margen, quiero terminar poniendo énfasis en la terca fidelidad que ha mostrado a sus temas y sus intenciones: amor, política, fantasía, humor, crítica. Y que en sus cuentos, desde siempre, pero hoy más señaladamente, ha enriquecido con la precisión y la sabiduría del narrador.