René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

La antigua ciencia de RAF*

Bernardo Ruiz

Plinio, el viejo, en su afamada y poco difundida enciclopedia acerca de las cosas del mundo, se preguntaba por el nombre, extraña animalia en principio inerme, capaz al paso del tiempo de gobernar sobre las especies.

Orgullosamente, los autores bíblicos gustan citar el momento en que, a la manera del creador de todas las cosas, quien las generaba -conforme las verbalizaba- Adán otorga un nombre a cada uno de los seres que pueblan el mundo.

En adición, existe en el acuario de Veracruz espacio dedicado al mayor depredador del mundo. El observador, entonces, puede contemplarse ante el espejo.

Para conocer nuestra relación con los demás habitantes de la tierra, los humanos dedicamos una rama de la biología al estudio del parentesco y las relaciones entre los animales, habidos y sobrevivientes, y al conocimiento de los medios naturales que los rodea.

Igualmente esta inquietud se manifiesta, en otros ámbitos, con los seres imaginarios. Generación tras generación, se conciben formas nuevas, resultado de combinatorias -secretas o manifiestas-, que agregan tal orbe una fauna adicional para adornar la fantasía y habitar los sueños y las obras de arte. Así, de todo semejante, ambos mundos, el natural y el propio de la imaginación, no cesan de enriquecerse con deslumbrantes y variados y inquilinos.

Ciencia y literatura funden en ocasiones sus fronteras y disputan algún renombrado ser. El Yeti y Nessie, el monstruo de Loch Ness, son puentes ejemplares entre ambas zoologías.

Y cada uno de nosotros, sin lugar a dudas, ha entrevisto y sospechado presencias que tal vez carecen todavía de un adecuado registro.

Este trabajo, siempre insuficiente, es obra basta e inacabable, ciertamente, y debemos congratularnos por cada, nuevo censo o monografía que se adicione a los bestiarios fantásticos existentes y, como ahora, reconocer, profundizar y difundir los estudios relacionados con tal arte.

El público tiene aún en mente ese volumen imprescindible para la arqueología del saber, que publicó hace algunos años la UNAM: Los oficios perdidos, en el que René Avilés Fabila compendió años de investigación con el fin de dar constancia de ante los niñitos de hoy, y las generación que vendrán actividades y maneras de ser que han marcado claramente el espíritu de los hombres de nuestro tiempo.

Alguna voz se alzó entonces entre la multitud para increpar al maestro. Avilés Fabila por considerar la profesión de fantasma en el volumen de marras. No olvidaremos que invocadores y médiums testimoniaron las dificultades de su oficio ante la escasez de íncubos que padecía el país desde esa época.

Convendrán los estudiosos que de no haber sido por el libro de Avilés Fabila, se hubiese agudizado la situación nacional de emergencia, no sólo con la fuga de divisas y cerebros, que tanto y a tantos nos ha lesionado, sino -adicionalmente, debo hacer énfasis- con la pérdida de patrimonio fantasmal, los súcubos de nuestra nación.

Análogamente, el estado de cosas que priva en la actualidad, seamos sinceros, nos presenta un panorama aterrador que, de continuar sostenidamente, amenaza con la total extinción de las especies del planeta. Grupos, y gente con una preparación ad hoc se han dedicado ya a la tarea de defensa, conciencia social y recuperación de la ecología de la buena, vieja, madre tierra. Estado y sociedad civil, en nuestra patria, dedican tiempo, recursos y programas a tal labor. Cierto, pero no se había prestado atención hasta ahora en México, sino aisladamente, hacia este género de cultura, la zoológica fantástica, y su preservación, con el cuidado e interés que merece.

De ahí que Los animales prodigiosos de René Avilés Fabila sea una llamada urgente sobre el tema para las conciencias despiertas, críticas, responsables. El libro se divide en tres partes, donde la última refiere cuestiones prácticas, comprometidas con la modernidad que nos corresponde. Así, arqueólogos y gerontólogos habrán de preocuparse por el tratamiento y destino de la Esfinge de Tebas, deberá decidirse en comisiones al efecto si es necesario para la cabal salud de las sátiras el uso de preservativos, y si la enseñanza del gorgonismo en las escuelas de arte, como materia optativa u obligatoria, ha de aplicarse -oh, vanguardismo- mediante referéndum.

Sin duda, por otro lado, los mecanismos comerciales de “Mitología publicitaria” se estudiarán para su posible ejercicio en áreas específicas de las empresas, sean éstas de participación estatal, social o privada.

Las dos primeras partes de Los animales prodigiosos son una advertencia y una metodología: la recompensa es cierta. ¡Joven que presientes tu vocación como indagador fantástico!, aprende a hacer a un lado los prejuicios que ciegan el entendimiento y descubre la verdad en las palabras de tus ancianos padres por la letra. René no lo ha olvidado: el prodigio se manifiesta inesperado como una hada, o hay que buscarlo; en su origen, todavía, porque no se conservan en museos, zoológicos y circos ejemplares de todas las especies.

La descripción de cada criatura en Los animales prodigiosos y sus costumbres se atiene al modelo clásico, instaurado más por Plinio que por Linneo. Sistema que tiene ventajas artísticas y didácticas por la calidad literaria e histórica del texto. Fabulista avezado, René Avilés demuestra esta cualidad en dos descripciones que me conmueven: el mirmecoleón y el vandak, que son prosas poéticas. En ellas se encuentra el espíritu del profesor universitario del medievo que, con la sabiduría de El fisiólogo o El bestiario toscano, evoca con intensidad y belleza estas animalias que acechan, verdaderamente, al fondo de nuestras almas.

* Aparecido en el periódico Excélsior. Sección cultural El Búho. Domingo 13 de mayo de 1990.