René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

El reino vencido, de René Avilés Fabila*

Juan Gerardo Sampedro

De todo lo que ha publicado Avilés Fabila, de todas sus novelas, cuentos y memorias como las de un comunista -recuerdo con mucho agrado Tantadel, La Canción de Odette, Los Juegos o La lluvia no mata las flores- esta novela que ha editado Nueva Imagen, El reino vencido (México, 2005) es quizá -sin temor al equívoco- la más ambiciosa -no quiero decir experimental- en cuanto al manejo de la estructura narrativa, los cambios temporales, el tratamiento de la historia y de los personajes. No es una novela que vaya en línea recta ni cuenta con un argumento que sólo siga un punto.

Al principio, al comienzo de la lectura de El reino vencido, pensé, sobre todo cuando recorría las primeras páginas, que estaba ante un libro de relatos breves e independientes. Ya que el concepto mismo de “género literario” si no está en desuso por lo menos sí resulta un tanto ambiguo, volví entonces a pensar que estaba ante cualquier otro género -el relato, el cuento, la crónica, el testimonio- pero lejos de la novela.

Y digo que me fue difícil encasillar El reino vencido por lo menos dentro de la novela tradicional, porque René Avilés Fabila ha sido muy hábil para crear una historia que va como las olas del mar, que sube y baja, descansa, toma un respiro y vuelve de nuevo a la atención de los lectores. Estamos ante una novela ambiciosa, aguda. Una novela poco frecuente en la literatura mexicana.

Esta obra parte de una confesión que hace el personaje principal en cuanto uno abre el libro: “inicié automáticamente la vida de nostalgias que temía y que en efecto resulta estúpida”. Más adelante hace hablar a otro de sus personajes que está presente a lo largo de muchas páginas, me refiero a la figura de la madre. Dice por ahí que ella nunca miró hacia atrás porque le parecía innecesario. Julio Cortázar escribió algo así como esto, lo cito casi de memoria: la nostalgia es buena en la literatura y en la vida, pero esa nostalgia no debe ser algo estático, debe servirnos para mirar hacia delante. Descubro aquí, en El Reino Vencido la presencia de esa nostalgia que, en efecto, no es algo que esté ahí en la novela gratuitamente. Creo que René Avilés comparte la opinión de Cortázar porque El reino vencido es la lucha por no perder el paraíso. El reino vencido es el Paraíso recuperado, el trabajo de la memoria, la vuelta al tiempo. Es la nostalgia (aunque quiera resultar estúpida) una fuerte presencia en este Reino vencido. La nostalgia se mantiene de pie aunque todo se derrumbe. Finalmente (y pese a todo) la nostalgia sigue siendo un recurso literario En El reino vencido la ficción va muy bien acompasada por ella y por las vivencias personales.

El libro se compone de pequeños relatos que pueden ser leídos de manera autónoma, independiente. Ésa es la apuesta de la novela. Sin embargo, desde un principio aparece el personaje que llevará todo el tiempo al lector por los referentes culturales e históricos. Ese personaje/narrador se llama Emilio Medina Mendoza. Yo les he llamado relatos pero bien pueden ser anecdotarios, testimonios o disfrazados textos autobiográficos. Aparecen con mayor fuerza los años sesenta y setenta: el movimiento popular estudiantil de 1968, la música de la época, las modas intelectuales, las inquietudes políticas de los jóvenes pero sobre todo el poder del erotismo que se impone en muchos de los pasajes. Más exacto sería decir que estamos ante una novela que se compone de una serie de cuentos cuya ilación la mantiene el personaje Emilio Medina Mendoza. ¿Es Emilio Medina Mendoza -me lo pregunto- un personaje que escribe la biografía de René Avilés Fabila? El reino vencido (lo admite la lectura) tiene -quiérase o no- su parte autobiográfica, aunque eso no lo es todo. La obra se defiende por sí misma y finalmente los rasgos autobiográficos pasan a un segundo plano. Lo que importa es que El reino vencido (el Reino recuperado) narra una gran historia del México de esos maravillosos años.

Vuelvo a los personajes. No está en mi ánimo contarles la historia de El reino vencido. Los personajes de esta novela aparentemente no se tocan. Aparecen y desaparecen. Se olvidan por momentos pero regresan en la voz de otros personajes. Muchos de ellos son reales, otros menos conocidos y los más son los queridos amigos de la infancia (de una infancia que comienza a la mitad de los cuarenta) y de la juventud del personaje Emilio Medina Mendoza. El lector fácilmente va a ubicar al “chismoso Gonzalo Martré”, al Flaco Guzmán, a Dionicio Morales, a Carlos Bracho, a Pedro Infante, a Jorge Negrete y a muchos más como Marylin Monroe (no la real sino la parecida), a Pelayo o a la gorda hermosa que muere de repente y que le deja al lector un hueco en el corazón. Los personajes de esta novela transitan entre la ternura, la maldad, la bondad, el desprecio por la vida pero a todos los toca su calidad humana. Los personajes odian pero “saben amar” sin decirlo, sin demostrarlo. Los personajes de El reino vencido parecen haber “vivido muchas vidas”. Se sienten aristócratas, son callejeros algunos; el Pulga y el Satanás y su compromiso con los movimientos sociales: son personajes muy bien construidos, creíbles, casi de carne y hueso, como -supuestamente- lo somos los humanos. A veces son más reales los seres de la ficción que los que andan por la calle. Principio por Alejandro: un ser solo que manda a volar una carrera universitaria para convertirse en judicial. Solidario con sus semejantes, duro en apariencia pero que no tenía “el estilo siniestro de los policías mexicanos”. Alejandro entra en la historia para que el autor nos narre el principio de los setenta, época en la que él (Emilio Medina Mendoza) regresa de un viaje de Francia en 1973 y se encuentra con una ingrata sorpresa al enterarse que un amigo fue muerto a manos de un inescrupuloso narcotraficante. Sigo con dos más: Andrés Alba, el hombre que conducía el automóvil en donde viajaba Genaro Vázquez al momento de su supuesto accidente (fragmento del Reino vencido que nos lleva a la historia de la guerrilla en México) o los jóvenes que trataron de transformar el mundo en los años sesenta.

Todos los personajes de El reino vencido –en sus circunstancias y situaciones– habitan un microcosmos en donde están presentes como una marca de fuego los recuerdos. Los juguetes de la infancia, una esquina, un personaje, un aroma, la muerte de un amigo querido, la muerte de la mujer amada. Ese territorio se llama Ciudad Jardín.

A lo largo de la novela los personajes cobran una fuerza propia e inusitada al tiempo que Ciudad Jardín se transforma, se diluye y -al igual que los personajes- crece y se impone.

Ciudad Jardín también es un personaje central y como toda ciudad encierra sus misterios. Las ciudades marcan a sus habitantes. Ciudad Jardín es la ciudad que eligió Emilio Medina Mendoza para vivirla y sufrirla. Es ciudad real y la ciudad ficticia que encuentra sus raíces, su historia.

Emilio Medina Mendoza busca incansable la felicidad que no logra encontrar en una ciudad que cada vez siente más lejana, extraña.

Para citar a Salvador Elizondo y su teoría del infierno “El dolor es el algo que emana del cuerpo; es una de las substancias de los sentidos. Tal vez la más real de todas. La antigua avernología cristiana no concibe el infierno sino como una prolongación natural de las propiedades del cuerpo; un lugar de tormentos corporales”.

La ciudad también es una prolongación de la momentánea felicidad y del dolor. Y Ciudad Jardín, en la búsqueda de su historia, es el territorio donde los personajes de El reino vencido viven sus recuerdos, sus frustraciones y sus miedos. Un poco lo que representa su propio infierno en la tierra.

Texto leído en la presentación del libro El reino vencido (Nueva Imagen, México) en el marco de la Feria del Libro en la ciudad de Zacatecas.

Publicado en Revista Siempre! 9 de julio de 2006.