Hace más de un siglo, William James mencionó que la clave para la conciencia es la referencia personal; es decir, para que los pensamientos y el comportamiento se hagan conscientes debe haber una unión entre las representaciones mentales de estos, pensamientos y sentimientos, del ser que los experimenta. Esta unión es la memoria. En otras palabras, el hombre es su memoria y aquí yace la importancia del libro Recordanzas, de René Avilés Fabila, puesto que nos habla de un héroe que, para serlo legítimamente, construyó un “soberbio castillo feudal, rodeado por un foso de agua y acosado, por malignos caballeros”.
Esta obra, al mismo tiempo recordatorio personal, revela la nostalgia por un México perdido en el caos de la simulación, el crimen, la corrupción muestra también el dolor por haber caído en un mundo de mediocridades y mentiras. A la manera de Robert Musil, describe el laberinto, carente de identidad mecanicista y en el que poco a poco nos hundimos. Añoranzas por un México pleno de heroicidad, que antes era muy nuestro y que hoy está dejando de serlo por haber sido asaltado por la mezquindad del materialismo. Aquí se encuentra, al menos en parte, una explicación para la melancolía que en ocasiones asalta a nuestro héroe.
Los médicos sabemos que la memoria temprana ya está formada a los 24 meses, cuando aparece la conciencia de la conciencia, fenómenos que nos distingue de las demás especies, por ello me sorprende que el libro Recordanzas de René Avilés Fabila comience con sus memorias de muerte. Ese inicio con la “gran dama negra” me lleva a numerosas interpretaciones. ¿Muerte principio o fin? ¿Qué fuimos antes de nacer? ¿Qué seremos después de morir? ¿Está en el pasado o en el futuro de nuestro amigo? ¿Es memoria o premonición? ¿Advierte lo inevitable?, o, tal vez, nuestro amigo, en tanto encarnación social —de la cual René Avilés es plenamente consciente— repara en la muerte individual y colectiva de sus seres más queridos: sus familiares cercanos y del México que tanto amó.
Sea como fuere. Leonora, “Dios es mi luz”, su hermana, muere a manos de un tecnócrata, un “médico imbécil” como hoy día morimos de un proceso histórico y económico que no ha sabido curarnos, es decir cuidarnos. Y, así René acumula muertes en su memoria que significan el fallecimiento de una nación que quiso, que pudo ser. La bisabuela, el Mayor, su segunda madre, su padre, y al hacerlo describe el México posrevolucionario, el de la gran ruptura con el pasado, el de la heroicidad sin límites, el de la grandeza histórica. Como consecuencia, el autor, en boca de la madre, de su madre, emite un juicio acerca de lo que fue este evento que define el siglo XX mexicano: la revolución. Vista a través de los ojos de la bisabuela, quien la vivió y “recordaba cosas de la revolución con desánimos, con aversión. Los zapatistas habían incendiado la hacienda y, de muchas maneras, ese movimiento liberador había arrojado a la familia a un lugar remoto y terrible; la capital de la República”. De la misma manera, con ese escepticismo profundo, Mariano Azuela en Los de abajo, pone en boca de Alberto Solís, antes de terminar la primera parte, las siguientes palabras: “Qué chasco, amigo mío, si los que venimos a ofrecer todo nuestro entusiasmo, nuestra vida por derribar a un miserable asesino, resultásemos los obreros de un enorme pedestal donde pudieran levantarse cien o doscientos mil monstruos de la misma especie!... ¡Pueblo sin ideales, pueblo de tiranos!... ¡Lástima de sangre!” De esa misma forma, nosotros constatamos a diario con la bisabuela, con Mariano Azuela, con René, el fracaso de los ideales, de las utopías socialistas, de las revoluciones.
Al dar este testimonio fehaciente de la muerte de los ideales, René Avilés, en Recordanzas trasciende su autobiografía y la convierte en crónica del siglo XX mexicano. Relato de generaciones frustradas representadas en el Mayor Fabila Montes de Oca quien siempre jugó a la Lotería Nacional en un intento por combatir la pobreza y que fue enterrado con un “entero”, billete que ni siquiera logró el reintegro. Generaciones que, como las nuestras, no se percataron, como no nos percatamos, que los tiempos cambian. En esto radica el conservadurismo mexicano, tenemos miedo a la transformación, a la novedad. Herencia indohispana que nos hace sentir lo nuevo como traición.
Recordanzas es un informe de lo mexicano que, por serlo, descubre otra de nuestras características: la ausencia del padre en el hogar. Avilés Rojas, puritano y moralista social, escritor como el hijo, decide, como todo hombre de bien, abandonar a la familia y con ello crea una ambivalencia afectiva en su vástago, amor-odio hacia el padre. Por eso llama la atención que nuestro homenajeado conserve la vocación de los Avilés. El abuelo paterno, el padre y el tío fueron escritores, los tres combativos, los cuatro que han sabido advertir nuestra punzante realidad nacional. Quizá por esa memoria del dolor hayan intentado exorcizarla, describiéndola. Como consecuencia de este poner en evidencia el fracaso del sistema, René propone al mismo tiempo el inicio de uno nuevo, para renacer es necesario morir primero, y en una suerte de contrapunto, el mensaje mortecino se convierte en anuncio de algo nuevo.
Su recordatorio de los muertos, memoria del dolor, tal vez signifique que lo fallecido pertenece al pasado y que como dijo Cioran: el error haya sido el haber nacido. Con esto no me refiero al nacimiento de René, amigo que ha iluminado nuestras vidas, sino al nacimiento de un gobierno que no ha podido abolir la injusticia, la miseria, la peste más letal de todas. Eso lo sabe René, pues ha podido susurrar, con este texto, lo que deben escuchar los moribundos, aquellos nacidos en la ciudad de México, en la época de René, quienes compartimos los mismos gustos; la lectura, el radio y un nacionalismo exaltado, que hoy vemos fenecer.
La lectura de los niños y jóvenes de aquellos tiempos estaba centrada en los clásicos universales, por ello reflexioné con interés la anécdota que relata el autor de Recordanzas respecto a Emilio Abreu Gómez, quien reprende a Gerardo la Torre y al mismo René por no leer autores de habla hispana. Pero, cuando se encuentra con Borges, este gran autor le hace ver, fastidiado, que estos “son autores provincianos, aldeanos. Fuera de Cervantes y del Siglo de Oro no hay gran cosa en España. Y comparo mi lista con la suya de autores sajones, alemanes, franceses, norteamericanos, rusos... Para mí —nos dice René—, tenía razón. Como soy influenciable, poco he vuelto a la literatura española, excepto a los clásicos. Desde entonces, cuando me topo con un escritor famoso, tengo presente lo débil que resulto y jamás le pregunto por sus aficiones literarias: no vaya a quitarme el gusto por Hemingway, Capote o, peor aún, Sartre o Poe”. ‘Tiene razón nuestro querido amigo, en México hemos abusado del optimismo provinciano, sintiéndonos “el mejor país de todos cuantos circundan el sol”. “Como México no hay dos”, afirmaron erróneamente quienes sostenían que éramos el ‘ombligo’ del mundo. Desde los miembros del Ateneo de la Juventud, hasta los muralistas mexicanos se adelantó la tesis de que “no hay más ruta que la nuestra”, sin percatarse siquiera de que Comte era sustituido por Bergson y Boutrox, que Siqueiros seguía al pintor renacentista Paolo Uccello, Rivera a Picasso, y Orozco a los expresionistas alemanes. Por eso Tamayo hubo de desmentirlos y René Avilés Fabila también: el arte es universal.
El autor de Recordanzas describe su relación con todos los mexicanos que, para él, merecen ser nombrados y que, en principio y fin, son corporeizaciones de nuestra contradictoria cultura que llegada a fin siglo se encuentra una vez más en el desánimo, el desaliento, la incredulidad. Por ello, René termina diciendo que en sus cuentos y novelas él describe al antihéroe así: “En mis libros no hay héroes, y casi ningún protagonista se consume en una enorme tragedia. Los temas que el mundo actual propone son banales y permiten que el escritor añore el pasado y busque en la historia los seres prodigiosos que enfrentaron mil peligros y vivieron situaciones soberbias”. En efecto, llegados al fin del siglo XX, México, la nación preñada de héroes, se convierte en una embarazada de antihéroes. Éste es nuestro tiempo: “De antihéroes, de personajes oscuros, tristes”, nos dice Avilés Fabila, quien tal vez por contemplar la abundancia de mediocres se lance a la construcción fantasiosa, ruptura con la realidad, como él mismo afirma, con el objeto de ser. Él opone, Capitán Lujuria, el Eros donjuanesco, al Tánatos tecnocrático, y al hacerlo se convierte en su obra y por sí mismo en el héroe que anhela, para sus personajes. A final de cuentas, de eso trata Recodanzas, de la heroica vida de René y de los mexicanos que, llegados a fin de siglo, aún resistimos manteniendo viva una poca de esperanza. Así, los muertos de Avilés Fabila no anuncian la muerte sino el nacimiento de un México nuevo.
Vistas así las cosas Recordanzas es la memoria, el recordatorio de la heroicidad contenida en la vida del autor y de cientos de héroes, a veces anónimos, que ambicionan la creación de un futuro mejor, seres que habitan dignamente el castillo de la fantasía construido por René.
* Aparecido en el periódico Excélsior el 10 de noviembre de 1996.