René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Memorias de un comunista (medio anarco)*

Felipe Gallardo Mora

La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta
de los tontos también el diablo parece pobre y tonto
y, por lo tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que
liberarse del miedo al diablo (tan necesario para el resplandor de Dios)
es un acto de sabiduría. La risa distrae del miedo. El que ríe, mientras ríe,
no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la
liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte.
La ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor a Dios.
Y de este libro podría saltar la chispa que encendería un nuevo incendio
en el mundo, y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo,
capaz de aniquilar el miedo. De este libro podría surgir la nueva
y destructiva aspiración a destruir a la muerte a través
de la emancipación del miedo. ¿Y qué sería de los pecadores sin el miedo?
UMBERTO ECO.
El nombre de la rosa

Hay conceptos que se llevan entre sí en cualquier contexto en que aparezcan. Por regla general, casi por definición, la solemnidad suele llevarse muy bien con la estupidez, por muy camuflada que se encuentre ésta. Por su parte, el humor es rasgo de la creatividad, hija pródiga de la inteligencia. En El nombre de la rosa, por citar un significativo ejemplo literario, Umberto Eco juega con la idea de la posibilidad de que Aristóteles escribió un tratado filosófico, –la segunda parte de la Poética que sí alcanzó nuestras manos– que tenía que ver con la reivindicación filosófica de la risa, la estética de la risa y sus bondades vitales; la necesidad de la risa y la reivindicación existencial implicada en la acción de la alegría. En su historia, Eco aventura la hipótesis de que el feliz libro del Filósofo fue proscrito por los tristes escribanos teológicos, los comentadores grises y traductores de su obra. Y es que la risa es antisolemne, multicolor y, por ello, contiene en sí una cualidad subversiva, pues se trata de un verdadero antídoto contra la sandez que pretende pasar por culta, la misma que abunda en los circulillos intelectuales, académicos y pseudocientíficos de toda época y lugar.

Así, por lo general, por pasar por cultos son más quienes se inclinan por el gris pero tradicional tono al abordar los hechos históricos. Son más quienes dan una versión de la historia de los movimientos de izquierda del siglo XX de modo idéntico al de los monjes amargados de la novela de Eco: sin asomo alguno de ligereza y, por tanto, de verdad. Finalmente ese debate tiene que ver con el diagnóstico nietzscheano de nuestra cultura: habrá por un lado una actitud que hace la reivindicación llana de la vida y, frente a ella un talante sabihondo que, en la misma medida que adorna la existencia, acaba con ella. Sería absurda la rimbombancia a la hora de presentar un libro antisolemne como lo es Memorias de un comunista. Maquinuscrito encontrado en un basurero de Perisur, de René Avilés Fabila.

Empezaré, pues, con una cita directa del texto que ahora nos reúne. El fragmento se refiere a una anécdota personal de René como miembro de la legendaria célula del partido comunista “Julio Antonio Mella” y que ejemplifica la tragicomedia de la izquierda mexicana.

“Un buen día, el Comité Central decidió que aquella célula, tan llena de artistas e intelectuales, debería darse un baño de pueblo, proletarizarse, hacer trabajo directo en las fábricas; o sea, lo que jamás había hecho un miembro del Comité Central y mucho menos el Secretario General. La orden la dio directamente el camarada González Marín y había que cumplirla. Se trataba en esencia, de ir a Naucalpan, zona fabril, a distribuir volantes explicándoles a los obreros las bondades del comunismo y la manera en que sus vidas mejorarían si abrazaban la causa si, desde luego, ésta triunfaba.
“Bien.
“Era domingo. Fuimos Claudio Obregón, Gerardo de la Torre y yo. Dejamos el automóvil del primero en un sitio seguro y llegamos a pie a la garita de Peralvillo, en donde, según instrucciones de González Marín, recibiríamos de un compañero desconocido un paquete con propaganda. Claudio estaba en verdad entusiasmado. Al parecer era su primera salida a la calle, su primer trabajo con ¡obreros!

“Lo primero que descubrimos fue que la garita de Peralvillo era policíaca y que allí estaban tres o cuatro azules, absolutamente crudos y por lo tanto malhumorados. Nos colocamos lejos, lo más lejos posible de su vista, tratando de ser discretos buscamos al camarada que debería darnos los volantes. Me acerqué al primero que le notamos tipo de comunista y le espeté a boca jarro el santo y seña convenidos:
“Lenin no ha muerto.

“El hombre nos miró en verdad aterrorizado y salió corriendo.

“Al poco rato, eran ya las siete de la mañana y la gente comenzaba a salir a las calles, otro señor se detuvo en una de las esquinas y miró hacia todos lados; evidente: esperaba compañía. De nuevo a la carga, esta vez fue Gerardo (que en PEMEX tuvo contacto con obreros):
“Camarada: Lenin no ha muerto.

“El hombre se quedó pensativo un rato y luego respondió pausadamente:
“Me parece que usted está equivocado: creo que murió hace muchos años.

“Acto seguido hizo la parada a un autobús y se fue.

“Así pasaron dos horas y nunca llegó la persona indicada. Optamos por no dar el santo y seña cuando yo me topé con un sargento del Ejército que iba a casa de un compadre a festejar su cumpleaños.

“De todas maneras, teníamos que cumplir con el deber, la causa es sagrada, dijo Gerardo, recordando su antigua filiación sindical petrolera, lugar en el que lo echaron a patadas por incorruptible. Hay que ir a hablar con los trabajadores, total, ya estamos en Naucalpan. Correcto, respondimos a coro Claudio y yo. Y nos encaminamos a una fábrica cercana creyéndonos parte del Ensayo General de 1905.

“Con obreros al frente, sin tomar en cuenta el grado de su explotación: era domingo y estaban con certeza haciendo turnos extras. Gerardo comenzó a explicarles la plusvalía y cómo debe leerse la Biblia de los explotados, El manifiesto comunista. Los proletarios nos veían primero con asombro, luego con aversión. Nuestras ropas no eran precisamente las de unos pobres esclavos del capitalismo: íbamos domingueros, como para departir en Plaza Satélite, además, yo llevaba un suéter medio rosa y Claudio el pelo teñido porque estaba representando en teatro el papel de Maximiliano.

“Pronto una voz anónima en lugar de acusarnos de comunistas, dijo con acento de indignación: ¡Son protestantes!

“Mientras que otra más agitada explicó convencida: No, ¡son putos!

“Y acto seguido tuvimos que correr de modo poco digno para evitar el linchamiento y con ello salvar la vida de tres futuras glorias nacionales. Realmente aquello fue algo poco decoroso: los obreros que deseábamos salvar, corriendo tras de nosotros”.

Dentro de algunos años, cuando hayamos muerto quienes nacimos en el siglo pasado, los habitantes de este país (si es que sigue existiendo como tal) se enterarán que existió algo como el comunismo mexicano y los movimientos de izquierda política, por medio de documentos de dudosa verdad. Por un lado, como ya podemos comprobarlo hoy mismo, quienes hablen del comunismo mexicano lo harán desde la triunfadora visión de la derecha (“México –dice Revueltas en una cita rescatada por René– vive y vivirá por siempre la revolución permanente de la burguesía”. Y en efecto, aparentemente llegó para quedarse en el trono). Y por otro lado tendremos las memorias de los militantes comunistas que jamás se pudieron deshacer de su tufo sobrehumano (intensificado además casi siempre a la hora de escribir y evocar el pasado).

Así pues será difícil obtener una imagen más o menos real de aquellos que en su momento pretendieron darle un giro a la historia de México inspirados por la idea de la justicia, ese maldito invento, para variar, de los griegos. En ese contexto Memorias de un comunista, narra una omisión incómoda para tirios y troyanos. La que describe con fidelidad las luces pero también los estereotipos surgidos en el seno del comunismo mexicano, los clichés, los dogmas, los supuestos altos espíritus así como las cegueras típicas de los también conocidos como “rojillos” de la vieja guardia.

En sus memorias, René Avilés Fabila reconoce que en el Partido Comunista Mexicano muchas veces más que premiar la combatividad ideológica y la entrega a las causas del proletariado se cultivó el resentimiento social y el amor a los fracasos políticos. Detecta, además, un rasgo estereotípico de las izquierdas de todos los tiempos: la más absoluta carencia del sentido del humor. Y es que –pensaba la ortodoxia partidista– ¿cómo tolerarle a un militante, como René, que al mismo tiempo que se declara promotor o cuando menos simpatizante de la instauración del comunismo en México no niega que disfruta como pocos del futbol americano, los Rolling Stones y se jacta de gozar la literatura norteamericana y el ron con coca-cola? (“todo tiene la izquierda menos sentido del humor” apunta el autor).

El linchamiento tribal, es justo recordarlo, no es un invento reciente de los fans del analfabeta Pejelagarto, sino una arraigada y persistente costumbre entre las fuerzas autodenominadas “de izquierda”.

El comunismo ortodoxo, como cualquier otra producción cultural de occidente, creó una serie de tics revolucionarios, instaló modas “contraculturales”, diseñó esquemas “alternativos”, bendijo clichés y promovió rezos “progresistas”, igual que cualquier grupúsculo de personas que, en teoría, estaban del lado enemigo. Reconocer esa inercia militante, como lo deja claro René, muchas veces significó la expulsión o purga del partido, tal como él mismo padeció la censura de parte de sus correligionarios de entonces que llegaron solemnemente a expulsarlo del partido por sus tendencias hacia la evasión, al maoísmo, al trotskismo y al rock and roll.

Cuando en la política sólo existan candidatos “similares” o nahuatlacas de dudoso origen pero con apellido de músico xalapeño (es decir, polaco), cuando los personajes de “la polaca” sólo se dividan entre populistas de derecha, populistas de izquierda y populistas anencefálicos, cuando se crea que eso de la izquierda y la derecha en la política tuvo que ver sólo con cierta orientación geográfica de los cachetes de plástico de Elba Esther Gordillo, quizá habrán triunfado los documentos estereotípicos que hablen falsamente de las grandes hazañas de las izquierdas, de los muertos, las guerrillas, la heroica clandestinidad, las pintas madrugadoras, los mítines y las marchas, las largas marchas hacia un mundo mejor que con toda certeza no es el que estarán viviendo los ocupantes de estos mismos espacios, en el futuro cercano.

Las consecuencias de los señalamientos de René siguen a la vista en personajes como Rosario Robles, René Bejarano, Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard, etcétera: se trató, en muchos casos, de priístas de closet, de resentidos sociales que confundieron la ideología con el rencor y la frustración proletarias. Nada que ver con los lineamientos del viejo lobo de Marx que, a diferencia de “los héroes” de hoy, se tomó la molestia de analizar con rigor las condiciones económicas objetivas de su tiempo, no las buenas intenciones de los cursis izquierdosos que todavía saturan las universidades públicas y los medios políticamente correctos.

René, como otros pocos, no se acercó al comunismo por ser pobre y dejar de serlo a base del rencor clasista. Se acercó por convicción ideológica y por la certeza, viva hasta nuestros días nihilistas, de que los principios éticos del comunismo histórico se caracterizan por una solidez teórica que jamás podrá alcanzar ninguna moral individualista. Porque en el debate entre la igualdad entre todos y la libertad de abusar del prójimo, aparenta tener sentido creer que es más humano votar por la justicia.

Los lectores de nuestro pasado reciente, recibirán las anécdotas personales de los izquierdosos de antaño como si se tratase de caballeros medievales montados en briosos corceles, batallando al capitalismo –el enemigo inmortal– a lo largo y ancho del mundo. Para tales fines ya existe literatura al por mayor. Tenemos, por mencionar ejemplos cercanos, los libros del Peje y de Chayito Robles, los héroes actuales de la izquierda in, que pintan el pasado de los autores con el espíritu del Reed de Así se forjó el acero, pero que a ciencia cierta no alcanza la grandeza de Marta, la fuerza del espíritu o cualquier reciente comunicado del supcomediante Marcos, quien por cierto fuera el discípulo favorito de Alberto Híjar (aquél que en su primera expedición guerrillera fue descubierto por un grupo de Boy scouts que jugaban a las escondidas, tal como lo revela René en este libro).

Memorias de un comunista. Maquinuscrito encontrado en un basurero de Perisur retrata una de las épocas más estimulantes para la política latinoamericana. Cuando la revolución cubana hizo pensar al mundo de entonces que en Latinoamérica existía aún la posibilidad de echar a andar la humanidad de un modo distinto al que durante siglos había sido dictado por imperios europeos o yankees.

Ser comunista, dirían ahora nuestros periodistas y politólogos de mayor rating, estaba in, de moda, era lo propio entre los progres con buenas intenciones y ganas de encantar a sus contemporáneos, al igual que ahora está de moda ser posmoderno o al menos declararse de esa forma (aun en países atrasados como México que sólo han visto postales de la modernidad en las cartas que envían los paisanos que mantienen vivo, con respiración artificial, al país).

Y nunca estará de más revisar el pasado y reconocer la media verdad que apuntó León Felipe en su fatal pero brillante poema “Qué pena” en el que lamenta que siempre se repitan los mismos hechos, los mismos caminos y los mismos poetas. Y afirmó “media verdad” porque la mera verdad es que una vez más tiene razón en algo Marx: “los hechos históricos, –dijo el maestro– acaecen en principio como tragedia para repetirse después como farsa.”

En la época de la confrontación ideológica, cuando tenía un sentido claro hablar tanto de izquierda como de derecha, hubo sí demasiadas tragedias que llorar. René mismo protagonizó en la misma plaza de Tlatelolco aquella negra noche del 2 de octubre. Empero hoy, atestiguamos que los fans del autor del himno del PRI y militante de la lumpenesca secta de “La luz del mundo”, Andrés Manuel López Obrador, se han expropiado las consignas, las marchas y hasta los partidos que en su momento surgieron, ingenuamente o no, impulsados por el deseo de cambiar el país en función de la justicia social. Hoy, el estereotipo del héroe del cine nacional, el “jodido”, agachado, el comploteado Pepe el Toro, mártir y guadalupano, ocupa el lugar de la utópica figura del nuevo hombre. Finalmente, en ética es tan inmoral el cínico como el hipócrita.

En Memorias de un comunista son alegres las anécdotas acerca de personajes que siguen siendo protagonistas principales de la vida actual del país. Allí vemos cómo Enrique Semo, el hasta hace poco Secretario de Cultura de AMLO, de algún modo dejó pasar un final decoroso como el de los boxeadores sensatos. O notamos cómo Roger Bartra, el intelectual progre por antonomasia, fue en su tiempo tan censor como cualquier estalinista de viejo cuño. Descubrimos que Ricardo Pascoe fue antaño trotskista apasionado, el mismo personaje que llegó a ser, después de mucho teorizar acerca del concepto de la revolución permanente, delegado de Coyoacán y embajador foxista en la Habana. Y a, but of course, Georgie Castañeda, recalcitrante comunista que en su roja juventud solía disfrazarse de miliciano de tropas territoriales en las afueras de la Habana, cuando las cuernos de chivo simbolizaban guerras de liberación y no matazones norteñas entre narcos.

Anécdotas que datan de la época en que Georgie aún no se aficionaba a menospreciar a sus paisanos monolingües que no hablan inglés ni leen el New York Times.

Mucha agua ha pasado desde que ocurrieron las anécdotas referidas por René en su libro. ¿En qué cree el águila negra –seudónimo del autor de este libro por el que se le conoce en los siempre revolucionarios y cuasi-clandestinos frentes de varias cantinas del centro de la ciudad de México– hoy en 2005? Varios amigos hemos pensado en que finalmente se entregó al anarquismo revolucionario. Otros lo ven como el escritor incómodo de la izquierda mexicana, precisamente porque no ha abandonado la roja izquierda. Para rastrear una posible respuesta del René de hoy retomaré un fragmento en el que de algún modo aclara el origen y el tono distintivo de la posición que hace de trasfondo a la crítica política que ejerce en varios espacios de nuestros días:

“¿En dónde quedaría Marx, en toda esta serie de grandes cambios? Yo nada más tengo una posibilidad de respuesta y es literaria. Está en mi libro Fantasías en carrusel, editado en 1978. Se trata de una parte que titulé ‘Reflexiones y algunos aforismos políticos’. En estos textos aparece una y otra vez el nombre de Marx junto con los de Borges, Stevenson, Hobbes, Swift, Darwin, Moro, Campanella y Bacon. El último, además, el que cierra el libro predominantemente de literatura fantástica, dice algo que me permito transcribir:
‘De Platón en adelante los grandes pensadores han tratado de organizar más inteligentemente a la humanidad y sus esfuerzos han terminado en loables intentonas poco serias, en estrepitosos fracasos o en bellos textos literarios.

Sin embargo, pese al desolado panorama, no todo está perdido: nos queda aún la gran utopía de Marx.’

Creo que esta sería mi postura.”

* Texto leído en la presentación del libro Memorias de un comunista. Maquinuscrito encontrado en un basurero de Perisur, reeditado dentro de la colección de Obras Completas de René Avilés Fabila, llevada a cabo en el Auditorio “Alberto Beltrán” del Semanario Punto y Aparte en Xalapa, Veracruz y publicado en la Revista Universo de El Búho núm. 67 septiembre 2005.