ENTREGA DE LA MEDALLA BELLAS ARTES
René Avilés Fabila

Queridos amigos, todos: únicamente quiero agradecer al INBA y, desde luego a Conaculta, la Medalla Bellas Artes 2014. Es la cumbre de mi carrera. Con toda seriedad puedo decir que no pensé recibirla. No soy un escritor cómodo. Pero aquí estoy, rodeado de colegas y amigos, en la Sala Manuel M. Ponce. No es mi intención hacer un recuento de mi larga carrera, de mi generación, de mi periodismo y de la vida académica que he llevado primero en la UNAM, luego en la UAM, sino hacer un veloz recuento del Palacio de las Bellas Artes.
Para mis padres, ambos maestros, la catedral era la Secretaría de Educación Pública, allí trabajaron. Recuerdo a mi padre entre murales de Rivera y en su despacho junto al de Martín Luis Guzmán, durante la creación del Libro de Texto Gratuito, no lejos de la oficina de Jaime Torres Bodet, quien solía preguntarme cómo iba en mis clases. Cuando lo acompañaba, conocí a Rafael F. Muñoz, a Agustín Yáñez y a Rafael Solana. Encontraba a José Revueltas y a Juan de la Cabada, a quienes veía en la casa de mis padres. Ocasionalmente y por propio pie, visitaba el Palacio de Bellas Artes, cuando predominaban la música y el teatro. Estuve allí con Carlos Pellicer cuando bailó Tamara Tumanova. La belleza arquitectónica y su riqueza pictórica me deslumbraban. Decidí que esa, ésta, sería mi catedral.
El milagro ocurrió en 1967. Al publicar, luego de una larga historia de forcejeos, Los juegos, mi primera novela, el entonces director, José Luis Martínez, me incluyó en un ciclo legendario, “Los narradores ante el público”, por donde pasaron a conversar de su trabajo literario los que pensaron eran los más famosos o por alguna razón enigmática, los destacados. Los mayores eran Carlos Fuentes, Rafael Solana, Luis Spota y Carlos Monsiváis, entre otros más, de mi generación estábamos invitados Gustavo Sáinz, José Agustín y yo. El titular de Literatura era el también escritor Antonio Acevedo Escobedo, excelente cuentista y eficaz funcionario cultural. Fue mi primera aparición en la Sala Ponce. También tuve la oportunidad de hablar en la sala principal de este Palacio, con motivo del Homenaje que le rindieran a Rubén Bonifaz Nuño.
Luego se hizo común participar en actividades del INBA, muchas de ellas llevadas a cabo en esta misma sala. El recuento preciso lo hago en un libro, resultado de un circuito cultural que hacía los domingos por el Centro Histórico, explicando dónde estuvieron algunos de nuestros más representativos literatos. El encargo fue de Silvia Molina y el resultado publicado en forma de libro, tanto por el INBA, como por Editorial Porrúa, esta última edición lleva prólogo de la investigadora Martha Fernández, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y lleva profusas ilustraciones. Lo titulé Antigua grandeza Mexicana, nostalgias del ombligo del mundo.
Trato de decir apretadamente que mi relación amorosa con el INBA es larguísima. En el libro citado está la lista de sus directivos y del trato que con ellos he tenido, inalterablemente positivo. Con Rafael Tovar y de Teresa, ya tenía amistad cuando lo designaron director. Recuerdo que comimos ese día en un restaurante italiano en la Zona Rosa. Era muy joven y culto. Cordial.
No tengo más qué decir. Al INBA le debo mucho. Y sólo quería indicar algunos momentos cordiales de esa relación entre la institución y yo, que ahora llega a su punto más alto. Gracias Rafael, gracias Maraki, gracias Stasia y gracias a todos y cada uno de sus eficaces colaboradores. Han hecho, como de niño veía a Bellas Artes, una catedral majestuosa de la cultura.
Me llena de orgullo la compañía de Jaime Labastida, soy su lector desde que formaba parte del grupo La espiga amotinada. Un poeta elegante y fino, filósofo y un intelectual distinguido. Trabajamos juntos muchos años en Excélsior y cuando cumplí 30 años como escritor, él, en el programa radiofónico que tenía en ese momento, me hizo un grato reconocimiento. A Óscar de la Borbolla, inteligente, inquieto y provocador, lo conocí cuando salía de la escuela, ya era escritor, el cuentista impecable que se ha hecho famoso. Tenemos un pacto. Cada año yo voy con sus alumnos y él va con los míos. En las redes sociales interactuamos y en vano hemos tratado de formar un modesto club de elogios mutuos que en México funcionan: me lees y te leo, me elogias y te elogio. Comenzamos en Twiter y nos aburrimos a las dos semanas o acaso se nos agotaron los elogios.
A los dos los respeto y admiro profundamente y les agradezco sus generosas palabras. Pero debo precisar que si he llegado hasta este hermoso sitio, cumbre del arte y la cultura de México, ha sido gracias a los lectores, a los amigos entrañables, a todos ustedes que hoy me acompañan o están atentos a esta ceremonia que mucho me honra.
Gracias de todo corazón.

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René Avilés  - Web Oficial