PARTICIPACIÓN EN LA ENTREGA DE LA MEDALLA BELLAS ARTES 2014
ÓSCAR DE LA BORBOLLA

Lic. Rafael Tovar y de Teresa, Presidente. del CONACULTA; Mtra. María Cristina García Cepeda, Directora del Instituto Nacional de Bellas Artes; Dr. Jaime Labastida, poeta y Presidente de la Academia Mexicana de la Lengua; Mtra. Stasia de la Garza, Coordinadora Nacional de Literatura; Público todo; queridísimo René:

Es para mí un honor estar en esta mesa. Sí, por supuesto que es un honor el que me hayas invitado, queridísimo René, a estar contigo esta noche y celebrar juntos este reconocimiento que Bellas Artes te hace, pero no puedo comenzar, ni quiero comenzar diciendo que "es un honor" ni que me encuentro en una situación solemne, porque no va conmigo, ni contigo. Ambos sabemos que la formalidad es una triste envoltura del Kitsch y, más que nada, un manera de hacer que las palabras digan sin decir nada, eso que en latín se llamaba flatus vocis y que resulta tan vacío como el mundo del que provienen, el mundo de la formalidad. Y, además no quiero comenzar así porque sería una falta de respeto a ti, a ti que si algo te distingue es que toda tu vida has forcejeado con las palabras para que digan lo que quieres que digan. Y en este decir tuyo están todos los registros, como ocurre con los buenos escritores.
Tampoco puedo comenzar, sin embargo en la acera contraria, la acera de la informalidad diciéndote: "Oye manis, qué buena onda que te estén entregando la Medalla de Bellas Artes," porque, aunque sonaría auténtico; yo no puedo lIamarte "manis" ni decir ante ti la frase "buena onda" sin provocarte un arco reflejo pavloviano que te haría alucinar con que yo no soy yo, sino el mismísimo amigo de toda tu vida, el entrañable José Agustin.
La verdad, es que no sé cómo comenzar este discurso en el que con todo mi cariño
pretendo hablar de ti. Tal vez saludando a los personajes que están presentes en esta sala Y que son tan caros para ti. Porque aquí en esta sala están tus maestros, René. Tus maestros que pidieron permiso, en el infierno o en el cielo, para venir hoy a estar contigo. Por allá distingo a Juan José Arreola, si mira, ese señor de capa de estudiantina que está parado allá en el fondo, ese viejo genial de quien aprendiste tus vuelos imaginativos, tu forma corta de contar y que alentó en ti esa vena fantástica que siempre tuviste y que ha atravesado toda tu obra; incluso aquélla donde no deberías de fantasear porque es autobiográfica, me estoy refiriendo a tus Recordanzas, de las que un día en un tweet te escribí un epigrama:

Siendo humilde he de decir
que el genio que a mí me sobra
Le sobra el doble a René
Pues de sus breves andanzas
Hizo muchas Recordanzas.

Y también entre el público veo, aunque sea un sacrilegio, a Juan Rulfo... este aire de panteón de Comala que tienen algunos de los presentes debe de ser causado por la presencia taciturna de Rulfo; vino a verte, René, vino a constatar qué se hizo ese jovenzuelo iconoclasta que tuvo los arrestos de burlarse de toda la cultura nacional con su primera novela: Los Juegos. Esa ópera prima que a pesar del medio siglo transcurrido desde su aparición no solo hace burla del pasado, sino que sigue siendo un marco de referencia para volver a reírnos de todo lo vigente, de nuestra triste actualidad.
Aquí están Arreola y Rulfo y también Juan Rejano, de quién aprendiste, según has declarado siempre, el oficio del diarismo que, además de los varios premios nacionales de periodismo, te ha acarreado infinidad de enemigos y de admiradores por la valentía con la que has puesto en su lugar a todos aquellos que sin importar su nivel jerárquico en la administración pública, ni su brincadora y oportunista posición política en la izquierda o en la derecha se han merecido tus sarcasmos. Porque, cómo has fustigado, René, has hecho rabiar a tantos que casi no puedo creer que estés aquí recibiendo la Medalla de Bellas Artes. Es más, no termino de creerlo y no porque te falten méritos, sino porque el odio es más duradero que el amor, como todo el mundo lo sabe.
Quien no está en esta sala, René, y esa ausencia espero que no empañe tu felicidad hoy, es Octavio Paz. No lo veo en el público. A quien sí veo, en primera fila es a su hija, Helena Paz Garro, a quien ayudaste y publicaste. Y hablando de "publicaste," esta sala Ponce está muy chica, René, tendríamos que mudarnos al recinto principal de este palacio o al Auditorio Nacional para que diera el aforo suficiente para albergar a los que publicaste y has publicado Y sigues publicando, porque otra faceta tuya es esa generosidad que pocos patrones de la difusión tienen.
Cientos de autores nos dimos a conocer gracias a ti. Yo medré en tus suplementos, yo nací en las secciones de cultura que tú mangoneaste, y si no hubiera sido por ti, y por Jaime Labastida aquí presente, yo seguiría inédito esperando una respuesta de la extinta Revista Vuelta. Y como yo, muchísimos escritores que asomamos a un México y en un momento en el que publicar no era nada fácil. Mis Vocales Malditas, tú las publicaste por primera vez, René, aparecieron en La Sección Cultural del antiguo, antiquísimo Excélsior.
Y quien tampoco vino esta noche, René, y esto sí me duele decírtelo, es Carlos Monsivais, y no porque no te haya apreciado, sino porque, como te imaginarás y te duela, anda como El Cid campeador que ganando batallas después de muerto, ya a estas horas fue a recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de Miskatonik y a estas mismas horas en que tú, René estás aquí, a él lo están aplaudiendo Loveckaft, Derleth, Howard y todos los del Círculo. Ni modo, René, no vino, qué le vamos a hacer: ya ves cómo era Monsi.
Pero aunque falten algunos, estamos todos, René, estamos los que contamos. Está Rosario ahí, en primera fila como siempre, y tu hermana y tu madre, porque también ella está aquí, porque tú la mantienes presente con tu doloroso libro al que llamaste: El libro de mi madre. Estamos todos, René, tus amigos, y está también esa medalla de oro de Bellas Artes que representa el reconocimiento público de que has hecho una vida que ha valido y vale la pena.
Y, fíjate qué paradoja, recién ahora que voy a terminar mi intervención, encuentro por fin cómo comenzar este discurso:
Compañeros de la mesa, público todo, queridísimo René: estás por cumplir 74 años y más de 50 de escritor, tienes docenas de libros, miles y miles de lectores, un montón de premios y de traducciones, una vida dedicada a la cultura y te dan una medalla de oro... Creo que te equivocaste René, creo que ambos nos equivocamos y te voy a decir porqué: a Fidel Velázquez, el líder sempiterno de la CTM, cuando cumplió 90 años le dieron 90 centenarios de oro y le dijeron: ¡Fidel Fidel, esto es para que célebres tus primeros 90 años! A ti, René, te están dando una, te andan debiendo sí tienes casi 74 años, 73 medallas más. Y te puedo decir Esto, René, porque más allá de todo lo que he dicho de ti esta noche, eres un maestro del humor, un gran maestro del humor negro. Muchísimas felicidades, amigo.

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René Avilés  - Web Oficial