SOBRE RENÉ AVILÉS FABILA
JAIME LABASTIDA

Palacio de Bellas Artes, México, octubre de 2014
¿Cuándo y en qué circunstancias conocí a René Avilés Fabila? No lo recuerdo con precisión. Lo que sé decir es que fue hace muchos años, aunque ignoro cuántos. Tal vez más de cuarenta, toda una vida. Desde luego, estoy seguro de que, antes de haber cruzado una sola palabra con él, conocí su obra, múltiple, variada, compleja. Somos contemporáneos (o casi: nos separa un año escaso de vida). Empezamos a escribir y a publicar de manera simultánea (o casi). Nuestras vidas se han cruzado en diversos espacios de la cultura nacional: en las universidades, el periodismo, las editoriales, la política. Hemos sido fieles, a pesar de la variedad de las tareas, así lo creo, por encima de cualquier otro aspecto, a nuestra vocación de escritores. Como es evidente, esta fidelidad se encuentra manchada, igual que la de otros escritores mexicanos, por las más diversas labores. En México es difícil que nadie asuma la sola profesión de escritor. Desde el primer siglo de independencia, los intelectuales se han dedicado a tareas que los apartan de su labor más importante. Esta amarga frase de Manuel Orozco y Berra pesa todavía sobre nuestra República de las Letras como una lápida: Cuando tengo paz, no tengo pan; cuando tengo pan, no tengo paz.
René Avilés y yo coincidimos durante muchos años en el diario Excélsior, en aquellos años, los últimos, en que era una cooperativa de periodistas. Él se hallaba al frente del suplemento de cultura, El Búho; yo dirigía la revista Plural. Diré que los dos espacios culturales, distintos, eran sin embargo necesarios; por decirlo así, se completaban: El Búho observaba los hechos cotidianos; Plural ponía el acento en asuntos de largo plazo. Uno atendía los acontecimientos del día; el otro, sin ser su opuesto, dedicaba su atención a problemas de carácter teórico, más amplios. En alguna ocasión, comparé estas labores con el curso de los ríos: un periódico toca la parte superior de las aguas, una revista penetra en las corrientes intermedias, una editorial entra en los cauces subterráneos.
Resulta imposible, en tan breve espacio, abarcar la obra de René Avilés. Me limitaré a esbozar algunos de sus aspectos: es demasiado extensa y variada. Así, abordaré apenas uno o dos rasgos que estimo característicos. En primer término, debo decir que su narrativa parece desplegarse, en particular sus cuentos y relatos breves, a través de series. Como si se tratara de una composición musical, semejan variaciones sobre un tema. Acudo a claros ejemplos. En la segunda parte de su libro Borges y yo (esa parte recibe el nombre de “Cuentos de amor y umor”), René Avilés despliega variaciones sobre el tema “Mi más grande amor…”; habla, así, de su “más grande amor”… marxista-leninista, mágico, aristocrático, sudamericano, porteño, cubano, imposible, politizado, naco, financiero.
Lo propio ocurre en otro de sus libros, Los animales prodigiosos: animales que son sólo perversiones de la naturaleza, un serpentario, el breviario mitológico en el que se despliegan posibles animales ya desaparecidos: la esfinge, los sátiros, el minotauro, las gorgonas... Sucede igual en Los oficios perdidos, un conjunto de relatos que da cuenta de los trabajos que han sido olvidados por la historia, el de los gladiadores, el de los alquimistas, el de los bufones, el de las musas, el de los piratas, el de las zurcidoras de medias, y así podría seguir, desde luego, con muchos más, el de los deshollinadores, el de los dioses… Todos son oficios perdidos. Pero lo que me interesa subrayar es el procedimiento que asume la escritura de René Avilés, quiero decir, el método que lo caracteriza: el de las series sucesivas, el que se desenvuelve al modo del músico que escribe variaciones sobre un tema.
René Avilés Fabila es, por encima de todo, un narrador. Hasta sus memorias poseen el tono, el ritmo, el estilo de una narración. Su escritura está presidida por el humor. Añado, por un humor amargo y sin contemplaciones. Es algo que no le han podido perdonar sus críticos (y sus enemigos) más severos. Escribe, por ejemplo, en Memorias de un comunista. Maquinuscrito encontrado en un basurero en Perisur, con evidente sentido del humor, que Jorge Luis Borges ha decidido ingresar al PCA, el Partido Comunista Argentino; que éste lo ha admitido, pero que lo ha sometido al rigor de todas sus normas haciéndolo pasar por las pruebas disciplinarias de sus militantes; que, por lo tanto, Borges, a sus ochenta años, está apenas en las filas de la Juventud Comunista, a la implacable espera de entrar definitivamente en el PCA. ¿Qué provoca su texto? ¿Sonrisas, simpatías? Tal vez las haya provocado en el propio Borges, si éste tuvo oportunidad de leerlo (lo habría hecho, creo, con una sonrisa entre satisfecha y benévola). Pero lo que produjo el texto de Avilés fue la airada y severa respuesta de un militante ortodoxo del PCA, que le reprochó su frivolidad. Su frivolidad, aclaro, no contra Borges, sino contra el Partido Comunista.
René Avilés ha sido militante activo del PCM. Ha sufrido la dicha de ser, y en dos ocasiones, expulsado de ese organismo político (aunque no sé si pueda o deba llamarlo organismo político, ¿acaso alguna vez lo fue?). Avilés Fabila es iconoclasta, escéptico, irónico, sarcástico. El Partido Comunista, por el contrario, es y ha sido, ignoro si lo será, un cuerpo que dice apoyarse en una doctrina social científica (esa doctrina se denomina, precisamente, socialismo científico). Empero, ese organismo político exige de sus miembros que profesen una religión laica; los obliga a ponerla en acto, al propio tiempo. El partido afirma no creer en ningún dios trascendente; aunque cree que se puede establecer el reino de los cielos aquí, sobre la Tierra. Sus miembros prefieren estar equivocados dentro del partido (y morir dentro de él), antes que tener razón fuera de él. No una vez, sino en varias y repetidas ocasiones se lo oí decir a un hombre tan crítico como José Revueltas. Hay algo de mesiánico, una fe de carbonero, una fe ciega, un obvio compromiso religioso, un juramento que incluye el cerebro, la sangre, el estómago, el cuerpo entero de los militantes al aceptar, con tanta o mayor firmeza que en un ejército, la disciplina, ¿voluntaria, semiconsciente?, que el partido les impone. Alguien que piense por sí mismo; que tenga una actitud crítica; que ponga en duda la indudable certeza en el triunfo necesario y absoluto del proletariado (triunfo que está determinado por las leyes inexorables de la historia), no tiene cabida en un partido que guarda semejanza con la fe religiosa y que se apoya en un credo inconmovible. Por eso expulsó a René Avilés, una y otra ocasión, por iconoclasta, por sarcástico, porque dudaba.
Aclaro, antes de continuar, que jamás he sido miembro de partido alguno; que mi tránsito por la Liga Espartaco, al lado del escritor José Revueltas y del poeta Eduardo Lizalde, fue un tránsito, efímero por fortuna, a través de una organización de intelectuales. Aquello no era un partido, aunque simulaba serlo y se regía por las normas de lo que se da en llamar el centralismo democrático. El tránsito, insisto que breve, me dejó una enseñanza que no puedo ni debo olvidar: leí sistemática, tal vez racionalmente, algunos textos memorables, los textos en verdad científicos de Carlos Marx y, en particular, El Capital. Lo demás es leyenda, basura.
¿Qué resta ahora de aquellos deliquios casi metafísicos? ¿Se puede imponer aquí, sobre la Tierra, el reino de los cielos? Adviértanlo ustedes: el cielo es perfecto, no admite cambio ninguno. ¿Quién podría clamar, entre la jerarquía de los ángeles -cito a Rilke- contra la perfección? El ingeniero social diseña una sociedad en la que ya nada se puede cambiar. La utopía asienta su planta de acero en el suelo y la convierte en lo contrario de sí misma. La utopía es, siempre, un anhelo de futuro; el que piense que la utopía ha sido alcanzada luchará contra quien la desee alterar. Todo aquel que intente un cambio será un loco y será expulsado o internado en un hospital psiquiátrico. Su ejemplo contaminaría y corroería el tejido social perfecto. ¿Quién querría abandonar el paraíso? Los nuevos Adanes, aquellos que dudan o que desobedecen, deben ser enviados a Siberia o a los campos de exterminio. El paraíso ha de permanecer impoluto. Construir el edén requiere de sangre. ¿Cuánta se ha derramado ya? El paraíso terrenal quedó hecho cenizas, humo, polvo, nada. A René Avilés no se le arrojó del edén ni se le envió a Siberia ni recibió un tiro en la nuca; sólo se le excomulgó, se le expulsó del partido.
“No todo está perdido. Nos queda aún la gran utopía de Marx”, dice René Avilés. A pesar de todos los fracasos y pese a un panorama desolador, nos queda la utopía de Marx. ¿Es así? Permítanme establecer un matiz y discrepar, al menos en parte, de René Avilés. ¿Sucede lo que dice René? ¿Sólo nos resta la utopía de Marx? Debiera ser lo contrario. Marx criticó el socialismo utópico; elaboró una teoría con fundamentos científicos. Marx dijo que en un nuevo orden social, el hombre dejaría de sufrir como bestia, para empezar a sufrir como hombre, y eso quiere decir que el sufrimiento es inherente a la condición humana. Utopía es traducido por el poeta Quevedo, que algo sabía de lenguas clásicas, de esta manera: no hay tal lugar. Si no hay tal lugar, la utopía jamás se puede asentar en la Tierra. Es el deseo del cambio, el anhelo de anular injusticias, el insoslayable propósito de acabar con el hambre y la miseria. Ese deseo es perenne. Si la utopía se convierte en Estado se prostituye y mata el futuro. Sacrificar las generaciones actuales por el dibujo de una posible sociedad perfecta, he ahí el pecado de hybris, el pecado de soberbia que ha costado tanta sangre en el curso del siglo XX.
Marx hizo un examen profundo de la sociedad capitalista. Lo dejó plasmado en un libro inconcluso, El Capital. Algunos teóricos, entre los que incluyo a filósofos de la talla de Lakatos y Popper, le reprochan a Marx lo que no dijo: sus pretendidas predicciones. Marx fue un hombre de ciencia, riguroso. Sostuvo que el desarrollo de las fuerzas productivas era el que generaba los cambios de toda sociedad. La revolución puede acelerar, tal vez, el proceso, pero no puede anular la realidad. Eleve, pues, mi discrepancia. ¿Qué nos resta, querido René? ¿La utopía de Marx o su teoría científica? Creo que nos resta, aún, la teoría científica de Marx.

*El Colegio de Sinaloa. Academia Mexicana de la Lengua. Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos. Asociación Filosófica de México. Siglo XXI Editores.

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René Avilés  - Web Oficial