René Avilés Fabila, un irónico fabulado*
Escrito por Mario Saavedra

La CREACIÓN ARTÍSTICA se ha debatido desde siempre, y conforme nuestra condi­ción humana, entre dos fuerzas antagónicas y a la vez complementarias: Eros y Thanatos. Constantes también de toda nuestra tradición literaria de Occidente, amor y muerte constituyen los temas perpetuos del que ha sido el más fiel de los espejos de la existencia del Hombre.La CREACIÓN ARTÍSTICA se ha debatido desde siempre, y conforme nuestra condición humana, entre dos fuerzas antagónicas y a la vez complementarias: Eros y Thanatos. Constantes también de toda nuestra tradición literaria de Occidente, amor y muerte constituyen los temas perpetuos del que ha sido el más fiel de los espejos de la existencia del Hombre.

Como escribiera el alemán Walter Muschg en su trascendental Historia trágica de la Literatura: “...amor y muerte forman el vórtice sobre el cual se apuntala toda nuestra herencia literaria, legado que ha tenido en estas dos fuerzas la base y el porqué de su existencia”.

Y si estos han sido los pivotes fundamentales y más visibles sobre los cuales se sostiene el andamiaje literario, y por lo mismo la base del llamado arte literario clásico, en ellos descansa de igual modo la prolífica y polifónica obra de René Avilés Fabila (ciudad de México, 1940), empezando por su complejo narrativo. Escritor siempre propositivo que por otra parte ha nadado a contracorriente con respecto al más bien “lacrimoso y flagelante” panorama de la literatura mexicana, definido por Xavier Villaurrutia como “predominantemente melancólico y de hora crepuscular” en su medular Introducción a la poesía mexicana, caben de igual modo en la obra de este escritor tan incendiario como entrañable, el humor desenfadado y la ironía feroz, la observación meticulo­sa y la imaginación desbordada…

Analista valiente y lúcido de la vida políti­ca mexicana de la que se ha hecho uno de sus más enconados críticos, talante por el cual se ha ganado innumerables enemistades pero también el incondicional respeto de quienes son capaces de apreciar tales se­veridad e intuición, Avilés Fabila ha sido ante todo leal a sus convicciones. Cuentista y novelista de sorprendente imaginación, y escritor de innegables recursos estilísticos, la transparencia y la gracia de su escritura son las virtudes cimeras de quien por razones extraliterarias ha estado excluido del Parnaso de nuestras letras, como tantos otros valiosos escritores mexicanos que igualmente han sido víctimas de un canibalismo y un ninguneo que por desgracia permean nuestra corrosiva condición. Protagonista de nuestros quehaceres literario y cultural, le pese a quien le pese, la obra de René Avilés Fabila ha ido ganando terreno con el tiempo, y cada nuevo libro suyo re­sulta prueba fehaciente de ello; escritor y periodista de tiempo completo por voca­ción y por convicción, y autor de una obra tan nutrida como multitonal, de obligada lectura resultan los ya clásicos de nuestro acervo contemporáneo novelístico El gran solitario de Palacio (1971), Tantadel (1975), La canción de Odette (1982) o Réquiem por un suicida (1993).Analista valiente y lúcido de la vida políti­ca mexicana de la que se ha hecho uno de sus más enconados críticos, talante por el cual se ha ganado innumerables enemistades pero también el incondicional respeto de quienes son capaces de apreciar tales se­veridad e intuición, Avilés Fabila ha sido ante todo leal a sus convicciones. Cuentista y novelista de sorprendente imaginación, y escritor de innegables recursos estilísticos, la transparencia y la gracia de su escritura son las virtudes cimeras de quien por razones extraliterarias ha estado excluido del Parnaso de nuestras letras, como tantos otros valiosos escritores mexicanos que igualmente han sido víctimas de un canibalismo y un ninguneo que por desgracia permean nuestra corrosiva condición. Protagonista de nuestros quehaceres literario y cultural, le pese a quien le pese, la obra de René Avilés Fabila ha ido ganando terreno con el tiempo, y cada nuevo libro suyo re­sulta prueba fehaciente de ello; escritor y periodista de tiempo completo por voca­ción y por convicción, y autor de una obra tan nutrida como multitonal, de obligada lectura resultan los ya clásicos de nuestro acervo contemporáneo novelístico El gran solitario de Palacio (1971), Tantadel (1975), La canción de Odette (1982) o Réquiem por un suicida (1993).

Siempre me han sorprendido la destreza y el desparpajo con los que el autor del Hacia el fin del mundo (su primer libro de cuentos, de 1969) transita de un género a otro, del estadio realista al fantástico, de la veta amorosa a la humorística. Fiel a una línea personal desde sus inicios, ha trabajado la vertiente fantástica como pocos (heredero directo, en este sentido, de Marcel Schwob, Jorge Luis Borges y Juan José Arreola), por lo que el corpus total de su obra constituye un auténtico hito en el cur­so de la literatura mexicana de las más recientes cinco décadas. Inteligente y muy agudo lector, suelen aparecer en sus textos las más justas y reveladoras citas, a manera de respetuosos e invaluables homenajes a sus escritores de cabecera; universo poliromático, su literatura oscila entre la ima­gen inesperada y el sarcasmo corrosivo, entre el ingenio fabulador y la picardía devastadora, entre el hallazgo estilístico y la revelación inédita.

Casi contraviniendo las leyes del manual del género contextualizado por el búlgaro Tzvetan Todorov, René Avilés Fabila es capaz de escalar con la habilidad propia del alpinista soñador aquel difuso sendero en el cual llegan a coincidir con frecuencia elementos fantásticos con otros fabulescos, porque en su particular caso la ambivalencia del ser/no ser posible, convive magistralmente con una tesis que el narrador consigue sostener con la notable habilidad propia del ensayista perspicaz. En este sen­tido quizá sólo podamos rastrear el antece­dente siempre vigoroso del más ilusionista Voltaire, conforme en ambos casos el talento fabulador armoniza con la inteligencia meridiana, la mágica prestidigitación con el olfato sabueso del disertador. Más allá de que muchas de estas pequeñas historias (en su mayoría de su tan personal como multi­facético confabulario) se ubican en esa línea casi imperceptible que el autor de Introduc­ción a la literatura fantástica ubica en la región de lo existente/inexistente, de aque­llo que Alejo Carpentier definió como más cercano al terreno de la fe cuando construyó su personal nomenclatura de lo “maravilloso” como prólogo a El reino de este mundo, el creador del igualmente ya clásico del género Los animales prodigiosos o De sirenas a sirenas (Premio Colima 1997, en sus varias ediciones, la primera de 1989, ilustrado por el talento de José Luis Cuevas, como otros de sus varios libros) logra esquivar con maestría las imposibilidades de un género que suponíamos químicamente puro y entonces imprimirle un sello personal de identidad. En este sentido, René Avilés Fabila ha logrado abordar con acierto una vertiente literaria prácticamente patentada por sus más notables exponentes, den­tro de una tradición nacional que ha sido jalada sobre todo por las leyes de la veracidad realista, y donde por lo mismo nombres como los de Arreola, Tito Monterroso (aunque guatemalteco, mexicano por elección propia) y el propio Avilés Fabila tienen una presencia protagónica.

Sus mejores y ya antológicos textos fantásticos se definen por mostrarnos un amplio y multiforme abanico de emociones y sensaciones que si bien atesoran los recursos más sabidos del género, a decir, la metamorfosis imperceptible, la sorpresa, la ilusión óptica, el in crescendo de intensidad anímica, la seducción del lector sin que este se dé cuenta, de igual modo deja campo abierto e induce a la conmiseración, o al repudio, o a la condena, o incluso al autorreconocimiento de lo que en nuestra condición de mortales imperfectos adolecemos ya sea por vanidad, o por ambición, o por ciego homocentrismo, o por ignorancia, o por estulticia, porque en su condición de humanista crítico no puede permanecer impávido ante la estulticia de una existencia miope y sordaSus mejores y ya antológicos textos fantásticos se definen por mostrarnos un amplio y multiforme abanico de emociones y sensaciones que si bien atesoran los recursos más sabidos del género, a decir, la metamorfosis imperceptible, la sorpresa, la ilusión óptica, el in crescendo de intensidad anímica, la seducción del lector sin que este se dé cuenta, de igual modo deja campo abierto e induce a la conmiseración, o al repudio, o a la condena, o incluso al autorreconocimiento de lo que en nuestra condición de mortales imperfectos adolecemos ya sea por vanidad, o por ambición, o por ciego homocentrismo, o por ignorancia, o por estulticia, porque en su condición de humanista crítico no puede permanecer impávido ante la estulticia de una existencia miope y sorda. En los más de los casos se deduce entonces, como lo supo intuir el mismo Borges, que “la zoología de la fantasía jamás ha podido superar a la realidad”, y que sólo es nuestra incapacidad de percepción y de sorpresa lo que no nos permite reconocer aquello que el genio de Kafka intuyó inmerso en nuestra esencia, pues su presencia súbita altera la condición de ser el humano un “bastante predecible animal de costumbres”.

En ese continuo pendular de las ambivalencias, de los citados Eros y Thanatos que Muschg reconoció para explicar la esencia del ser humano y cuánto este es capaz de crear y de destruir, buena parte de sus relatos fantásticos (e incluso de aquellos donde predomina el eterno tema del amor y el desamor, como sus ya citados clásicos La canción de Odette y Tantadel, o su más reciente y desgarradora El amor intangible en derredor de las paradójicas relaciones a través de la cibernética) apuntan hacia esta confusa dualidad que nos identifica, porque en un mismo ente suelen coincidir la bon­dad y la maldad, lo que nos vincula a la vida pero también a la muerte, la belleza y la fealdad, el día y la noche, lo que los románticos tan proclives a lo fantástico (el Víctor Hugo de Cromwell o el Bécquer apocalíptico de su leyenda “La creación”, por ejemplo) llamaron “lo sublime y lo grotesco” contenidos en un mismo y único ser. Humanista irredento, esa condición contradictoria que se agolpa en el ser humano figura en prácticamente toda su obra, en cuanto le preocupa esto que llamamos mundo y vida… Gaston Bachelard supo definir muy bien esta ambivalencia presente desde el mito de Prometeo, quien robó el fuego a los dioses para dárselo –como símbolo de sabiduría– a los hombres libres, y con ello se condenó él mismo a la eterna y ciega esclavitud.

Otro rasgo diferenciador en la zoología fantástica de René Avilés Fabila, en su peculiar confabulario de casi una veintena de títulos, es que no se limita a la inventiva grecorromana, en cuanto introduce toda una amplia gama de mitos, leyendas, histo­rias y personajes propios de las culturas amerindias, sobre todo de la náhuatl y la maya que dejaron atónitos –cuando no literalmente enloquecidos– a tantos ortodoxos europeos que en su transitar a tientas por un mundo todavía desconocido, con ingenuidad suponían haberlo agotado todo. Esta nueva veta de lo “existente inimaginable” fue lo que dio materia al mismo genio de Carpentier para urdir su ya mencionado “realismo maravilloso”, en su particular caso adicionándose además el no menos sorprendente, ecléctico e inagotable imagi­nario africano en tierras americanas. Algunos de estos textos, como “El nagual obsesivo” contenido en el ya citado Los ani­males prodigiosos o De sirenas a sirenas, se incrustan precisamente en esta nueva veta de lo “real maravilloso”, porque si bien en él la metamorfosis resulta ser de nuevo el mecanismo dominante, como en el clásico de Franz Kafka, la transformación –es cierto, inesperada– aparece como recurso propio de una tradición heredada.

Y en lo que respecta al humorista irónico, contraviniendo también así una tradición local tan proclive a la solemnidad, reconoz­co un creo consciente homenaje de identidad con otros grandes humoristas de otras literaturas y de la nuestra, entro ellos, por qué no, con un maestro tan caro a los dos: el Rafael Solana cuentista, el de los relatos fan­tásticos, que también escribió muchos y desarrolló con no menor maestría. Así en­tonces, el humorista pícaro y desenfadado no puede dejarse de notar, y así lo reconocemos, cáustico, cuando se ocupa de persona­jes de carne y hueso, con peso histórico incluso algunos de ellos, y que en ambos casos la diestra mano de los narradores convierten en entes ya sea de la mitología clásica, y en el caso específico de René, de las amerindias y prehispánicas. Y en lo que respecta al humorista irónico, contraviniendo también así una tradición local tan proclive a la solemnidad, reconoz­co un creo consciente homenaje de identidad con otros grandes humoristas de otras literaturas y de la nuestra, entro ellos, por qué no, con un maestro tan caro a los dos: el Rafael Solana cuentista, el de los relatos fantásticos, que también escribió muchos y desarrolló con no menor maestría. Así en­tonces, el humorista pícaro y desenfadado no puede dejarse de notar, y así lo reconocemos, cáustico, cuando se ocupa de persona­jes de carne y hueso, con peso histórico incluso algunos de ellos, y que en ambos casos la diestra mano de los narradores convierten en entes ya sea de la mitología clásica, y en el caso específico de René, de las amerindias y prehispánicas.

El humanista, el crítico incendiario, el humorista, todos conviven en este narrador que, ya sea a través de la novela o del cuento, con el talento fabulador y la inteligencia meridiana como vigías absolutos, recompone un mundo en permanente descomposición, porque en la naturaleza del creador salta a la vista, a la vez airoso y derrotado, optimista y desesperanzado, quien al me­nos en el terreno marginal de la invención vuele al orden y la armonía, lo que en esta realidad enloquecida de todos los días sólo es caos y miseria. A diferencia del crítico despiadado del festín político que en Los juegos (1967) o el ya mencionado El gran solitario de Palacio llama a las cosas por su nombre y no tiene empacho alguno en poner los puntos sobre la íes, el Avilés Fabila amoroso y fantástico se llega a mostrar en cambio prudente y hasta compasivo, por­que sus entes de ficción son espejo categórico –incluso en muchos de sus relatos de naturaleza fantástica– de una humanidad oprimida bajo el peso inexorable de sus más angustiosas y angustiantes debilidades.

Académico ilustre (Profesor Emérito de la Universidad Autónoma Metropolitana) y promotor incansable que con El Búho dominical del periódico Excélsior produjo por más de una década el suplemento cultural más importante del país (Premio Nacio­nal de Periodismo en 1991 y por donde circuló la crema innata de la creación y el pensamiento nacionales), René Avilés Fabila es autor ade­más de otros títulos en los cuales constata que la autobiografía (Memorias de un comunista, de 1991, Recor­danzas, de 1996, Nuevas recordanzas, de 1999, El libro de mi madre, de 2003) bien puede convertirse también en género de fic­ción, sobre todo cuando es abordado por un escritor de su talante y hay materia sólida qué compartir. Documentos de imprescindi­ble lectura y consulta, como su misceláneo El escritor y sus problemas, de 1975, que bien sirve de homenaje al medular ensayo El escritor y sus fantasmas de Ernesto Sábato, o sus no menos aleccionadores Material de lo inmediato de 1995 y La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura de 1999 en los cuales aborda con singulares maestría y conocimiento de causa la cercana y provechosa complicidad de dos quehaceres, el también autor de la sui generis y propositiva novela El reino vencido (2005) ha transitado siempre con solvencia entre estos dos espacios que en la voluntad de un enamorado generoso se comparten permanentemente la condición de esposa y la de amante.

En la plenitud de su carrera como creador talentoso y hábil, como periodista con oficio y severidad crítica, como académico sabio y querido, como amigo y ser humano entrañable y generoso, René Avilés Fabila alcanzó su plena madurez literaria con su ya mencionado Réquiem por un suicida, libro que a menos de un año de su lanzamiento en México en 1991, ya había tenido su tercera edición en España.En la plenitud de su carrera como creador talentoso y hábil, como periodista con oficio y severidad crítica, como académico sabio y querido, como amigo y ser humano entrañable y generoso, René Avilés Fabila alcanzó su plena madurez literaria con su ya mencionado Réquiem por un suicida, libro que a menos de un año de su lanzamiento en México en 1991, ya había tenido su tercera edición en España. Estupendamente escrita, esta demoledora novela da cabida y se sostiene precisamente sobre esas dos firmes constantes en la obra de este dotado y rebelde polígrafo, que decía lo son del arte todo: Eros y Thanatos. Réquiem por un suicida viene a ser una por demás sobrecogedora y elocuente reflexión sobre la existencia, un desgarrador viaje introspectvo de iniciación hacia la muerte de mano propia, de frente a aquel “estado de inconsciente/consciencia” que según Sartre y los demás existencialistas constituye el “único posible acto de libertad absoluta”, y que por su implacable peso específico con lo dicho y como se dice nos recuerda a los más despiadados narradores decimonónicos rusos. De frente a la muerte, en realidad se trata de un diálogo con la vida, con la maldita vida, con eso que irónicamente llama Fernando Vallejo (como los ya necesarios El evangelio según Jesucristo de José Saramago y La puta de Babilonia del propio Vallejo, René tiene su Evangelio según René Avilés Fabila) “el don de la vida…”

* Publicado en Newsweek Español - 14 febrero 2012.

 

Cerrar
Portada RAF
René Avilés  - Web Oficial