René Avilés Fabila - Escritor

 
Obra divulgada: artículos

MI SALIDA DE EXCÉLSIOR:
UN ZARPAZO A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

 

Artículo en la revista Voz Pública
Año XXII No. 645
No. 37 en Internet

Por René Avilés Fabila

El domingo 10 de enero de 1999, luego de poco más de 13 años de existencia y de 696 números, el suplemento cultural de Excélsior, El Búho, cerró definitivamente sus páginas. Poco antes yo había renunciado a esa casa editorial debido a la censura que prohibió una de mis entregas semanales.

En esos días un escritor, Gabriel Careaga, me dijo durante un encuentro casual: ¿Pagaron tu silencio? ¿Por qué no conocimos tu renuncia? Me pareció una tontería, ¿dónde publicarla? ¿Acaso en Excélsior?

Hubo alrededor un silencio cómplice. A Froylán López Narvávez le comuniqué telefónicamente el suceso y sólo me dijo 'nos vemos para platicar'. Andrés de Luna escribió un artículo al respecto, y Víctor Roura se negó a publicarlo. Sólo aparecieron notas cubriendo la noticia de la desaparición, que el propio Búho había plasmado en su editorial de despedida hecho, supongo, por Jairo Calixto Albarrán, quien por cierto, de todos aquéllos que conmigo se formaron y trabajaron a lo largo de mucho tiempo, prefirió conservar el puesto sin importar que lo rebajaran, junto con Arturo Rodríguez, diseñador (más adelante corrido), e Iván Ríos Gascón (quien hasta ahora firma con seudónimo). Humberto Musacchio y Paco Ignacio Taibo I dijeron algo, más como información que como protesta.

En honor a la verdad, sólo en radio tuve oportunidad de explicar lo sucedido, de denunciarlo. Con Paco Huerta, mi entrañable amigo, y Javier Solórzano; este último, dudando de la veracidad de mis explicaciones, pidió que alguien de Excélsior diera su versión y la confrontara con la mía. Por supuesto, nadie acudió. Vale la pena señalar que recibí docenas de copias de cartas que lectores enviaron a Excélsior protestando por la desaparición de El Búho, que jamás vieron la luz, entre ellas una con varias firmas, encabezada por Victoria de Herrera de la Fuente, y otra más de la presidenta del Centro de Estudios Femeninos, Yolanda Guillén, así como telegramas, correos electrónicos, telefonemas.

¿Qué sucedió? Que fueron los lectores quienes protestaron por mi inusitada desaparición, no los colegas ni los medios. Considero que el problema no era yo y la antipatía personal que pueda despertar, el caso es que se violentó lo que tanto se afirma en México: defender la posibilidad de escribir libremente, criticar con justicia y razón al poder.

Los hechos fueron exactamente así. El sábado 5 de diciembre abrí, como habitualmente lo hacía, el diario Excélsior. Mi asombro no tuvo límite: mi artículo sobre la errática actuación política de Ernesto Zedillo no estaba. En 14 años de trabajo en esa casa jamás tuve un problema de censura, aunque sí varios regaños por mis posturas "izquierdistas". Alguna vez, hace ya mucho tiempo, mi amigo Jorge Ruiz Dueñas me dijo que sabía de buena fuente que yo era molesto en Excélsior, mis artículos criticando a Carlos Salinas de Gortari irritaban. Ignoro la seriedad de sus fuentes, pero el caso es (y es posible comprobarlo en la hemeroteca) que semana tras semana critiqué a ese personaje funesto y no hubo represalias, salvo la marginación y el ninguneo que por regla general he padecido. En 1991 gané el Premio Nacional de Periodismo que concede el gobierno de la República al mejor suplemento cultural, con un jurado encabezado por Rafael Solana y Edmundo Valadés. También conquisté dos de los reconocimientos que da el Club de Periodistas, como director de suplemento cultural y como articulista de fondo, ambos por mi trabajo en Excélsior.

En vista de la desaparición de mi artículo, lo único que se me ocurrió, pues yo no tenía mayor relación con Regino Díaz Redondo, fue telefonearle a Lisandro Otero, a cargo de la sección editorial, un cubano recién nacionalizado mexicano que había dejado la isla al acabársele las posibilidades de crecer políticamente. Su fama le venía no sólo por la discreta defección de Cuba, sino por sus arranques estalinistas, de comunista ortodoxo. En La Habana he escuchado historias tremendas sobre su actuación como burócrata, y Pablo Neruda en sus memorias, Confieso que he vivido, deja constancia de ello. Le pregunté qué ocurrió y como explicación me regañó por izquierdista. "Chico, tus artículos son cada vez más críticos y violentos. Tus diferencias con Ernesto Zedillo suben de tono. Esto no puede ser, estás atentando contra los intereses del periódico". Le repuse que las condiciones en México así lo toleraban, que vivíamos una nueva etapa de libertad de expresión y que yo seguiría criticando los equívocos del Presidente. Para finalizar aquella incómoda situación, le dije que le evitaría mi radicalismo renunciando a Excélsior. El tipo apenas se inmutó, suponía que yo blofeaba. Quedamos de vernos al día siguiente en Guadalajara, en la Feria Internacional del Libro, a la que ambos íbamos por razones distintas. Jamás pensé verlo, pero el caso es que nos encontramos en el aeropuerto de esa ciudad. Él iba con Abel Posée, quien se refirió en términos elogiosos a El Búho. Antes de despedirnos, me dijo: "No renuncies, el periódico significa una cuota de poder político".

A mi regreso, con mucha tristeza presenté mi renuncia irrevocable a ese diario: mis artículos editoriales y El Búho me habían dado amigos y lectores, eran una divertida, grata, reunión semanal de camaradas que en apariencia teníamos afinidades, decencia, dignidad y posturas progresistas. El mismo día, José Andrés Barrenechea me telefoneó y me pidió que no renunciara. Nos entrevistamos y tuvimos una larga plática. Pensé que para salvar a El Búho, mi creación, podría solicitar, como última petición, que mi mejor amigo y mi subdirector, Jairo, Calixto Albarrán, se quedara como director, y en una nueva carta de confirmación de mi renuncia así lo pedí.

Mientras esto ocurría, Lisandro Otero conseguía la nacionalidad mexicana gracias a su cercanía con Jaime y Francisco Labastida, y yo viajaba a Egipto (dos semanas, y luego otras dos a Cuba como jurado del premio internacional Casa de las Américas), de tal forma que no estuve cerca de los acontecimientos que siguieron. Parecía, a la luz de este nuevo dato, que Lisandro no protegía a Ernesto Zedillo por simpatía personal, sino que cuidaba no estropear su búsqueda de nueva nacionalidad, para obtener aquí lo que no pudo en Cuba. Vale la pena añadir que su espíritu, su naturaleza, es de censor. He sabido que hace unas semanas no admitió un desnudo como ilustración de Arena; "es ofensivo", vociferó, y de nada sirvieron las explicaciones de que se trataba de un trabajo bien conocido del fallecido Julio Ruelas. En Cuba fue censor al servicio del estalinismo en la época de presencia soviética; en México lo es al servico del PRI y del peor oficialismo.

En principio, la inmensa mayoría de quienes trabajaban en El Búho, con José Luis Cuevas, Sebastián, Raúl Anguiano, Luis Herrera de la Fuente, Jorge Velasco, Griselda Alvarez, Marco Aurelio Carballo, Patricia Zama, Héctor Anaya, Antonio Castañeda, Roberto Vallarino, David Gutiérrez Fuentes, Ricardo Pacheco Colín, Elsa Cano, María Eugenia Merino, Cristina Stadelman, Javier Guerrero, Salvador Pinoncelly a la cabeza, renunciaron conmigo en un desusado acto de solidaridad y decencia. Esto, evidentemente no pudo preverlo Lisandro Otero por su desconocimiento del medio nacional; el daño ya estaba hecho, y por más gestiones que hizo ante amigos como el citado Jorge Ruiz Dueñas, o Claudia Gómez Haro, mi decisión estaba tomada. Como la renuncia no prosperaba, mandé una tercera carta. Regino Díaz Redondo me telefoneó y no tomé la llamada. ¿Para qué? La bajeza se había dado. En todo caso mostraba la adhesión de ambos directivos al PRI y al Presidente en turno. Y aunque Lisandro Otero había estimulado al director de Excélsior, Regino era quien había tomado la decisión de censurarme; en consecuencia, él fue el responsable directo de mi renuncia. Al día siguiente, Regino y Lisandro anunciaron ante mi secretaria, Martha Lozano, Jairo Calixto Albarrán y algunos más, la desaparición de El Búho; olía demasiado a proyecto personal de René Avilés Fabila, y tan era así que Rosario, mi esposa, le puso el nombre. De entre 150 posibilidades, eligieron Arena para titular uno nuevo. Un suplemento que casualmente dirigiría el mismísimo Lisandro Otero, quien al asumir el cargo ganaba el "altura periodística"; aparte de esto, es el responsable de dos secciones más: la editorial, y la llamada Tiempo y mundo. Una buena cuota de poder, según su propia terminología, y sus acciones sumisas al poder en México, su nuevo país.

Ahora sólo me queda responder en las calles, a través del correo electrónico y de las llamadas telefónicas por qué salí, qué ocurrió. Mi nombre ha sido suprimido de esa casa. Hace unos días participé en la presentación del libro de un médico amigo del director, y en la nota del día siguiente, en primera sección, con varias fotografías, yo no aparecía. Bueno, pensé, si Stalin desapareció a Trotsky, Fidel Castro a Carlos Franqui y Regino Díaz Redondo a Julio Scherer, que dirigió brillantemente el diario por ocho años, por qué no desaparecerme a mí. A lo largo de 14 años no me hice amigo de Regino, ni siquiera nos veíamos, él utilizaba el teléfono para regañarme por los textos que publicaba, y yo la vía escrita para solicitar algo. No me hice rico, ganaba unos 500 pesos semanales en tanto director de El Búho, y casi al final, por petición mía, viendo que mi secretaria ganaba más que yo, pedí un aumento y me dieron algo más. Me limité, pues, a hacer mi trabajo y a establecer, como lo pregono en mis clases y conferencias, una relación con los lectores y no con el poder ni con los colegas y otros distinguidos escritores e intelectuales.

A pesar de mi filiación de hombre de izquierda (fui largo tiempo militante del Partido Comunista Mexicano, nadie lo ignora, y me mantengo inalterablemente como crítico del poder), permití la pluralidad y la diversidad. Mi pecado, para muchos tontos y maniqueos, fue trabajar en Excélsior. Eso fue grave para algunos a pesar de que yo jamás estuve con Julio Scherer, pues vivía en Francia cuando se dio el famoso golpe de Excélsior. En Excélsior tuve, a través de Nikito Nipongo, la oportunidad de escribir y lo hice, lo hice limpiamente, sin compromisos ni corruptelas. Eso ni siquiera necesito probarlo, es evidente. Por ello tengo la firme idea de que ese diario vendía más ejemplares en domingo, cuando salía El Búho.

Hasta hoy no conozco a persona alguna que elogie la sección Arena, salvo sus propios directivos, quienes han hecho esfuerzos notables e inútiles por atraerse a todos aquéllos que trabajaron conmigo. Se quedaron algunos porque laboraban en esa casa, o los citados porque así les convenía, pero hasta hoy carecen de escritores y artistas plásticos de peso, básicamente escribe gente de ese diario. Es un suplemento tramposo, que anuncia colaboración de Faulkner y se trata de un artículo sobre él, de algún desconocido o proveniente de la agencia noticiosa. Por último, en tal empresa, Lisandro Otero se gasta una fortuna tratando de borrar mi nombre y el trabajo de El Búho; todos los domingos se hace anunciar en primera plana, con nulos resultados. Lo único que consigue es acabar con el patrimonio de los cooperativistas. Respecto del lugar que por 14 años utilicé en las páginas editoriales de Excélsior, vale la pena señalar que fue ocupado por Manuel López Gallo, un antiguo amigo mío al que mucho, quizá demasiado, apoyé en su lucha contra los grandes equívocos de Enrique Krauze. Así son las cosas en México.

Hace unas semanas, durante la habitual comida de Regino Díaz Redondo con los articulistas de página editorial ahora encabezados por el nuevo mexicano Lisandro Otero, concluyeron algo inaudito, que el diario a su cargo lo usó en las ocho columnas: "Libertad de expresión, nuestro problema..." ¿Alguno de los presentes recordaría que un par de meses antes me habían censurado brutalmente, ofendido a la libertad de expresión, y ello había mi salida de Excélsior? Lo dudo, según las fotografías a todos se les veía muy contentos con la libertad de expresión que gozan en esa casa.

Salí de Excélsior por propio pie, siguiendo a Martha Chapa y a Raúl Cremoux (también censurado por Lisandro Otero). Me quedan la inmensa satisfacción de haber fundado y dirigido un suplemento que hizo lectores y amigos que lamentan su desaparición, y el dolor de perder a quienes imaginé camaradas eternos.

 

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