René Avilés Fabila - Escritor

 

El último libro y la última fábula de René Avilés Fabila*

Manuel Blanco

Pues sí: unos días hace apenas que René cobardemente huyó de nuestro Mexiquín (¡qué construcción! ¿Se fijaron?), rumbo a Francia, desde luego, donde promete pasarse un par de años, estudiando y trabajando y...

Ya todo el mundo conoce la obra de este cuate que responde al nombre de René Avilés Fabila, por lo que resultaría ocioso desempolvar su ficha. Baste decir que, tal y como lo demuestra con su último libro, recién publicado por la Editorial Joaquín Mortiz, La lluvia no mata a las flores, es al lado de José Agustín y Juan Tovar, uno de los narradores jóvenes más importantes de nuestra actual literatura. Es, también, uno de los pocos escritores que se han preocupado por conservar la tradición —si es que podemos llamarla tradición— de la literatura fantástica y la fabulación; uno de los poquitos que cultivan el humor. Torri, Arreola, Ibargüengoitia, ¿quién más?; y ahora, con La lluvia…, también uno de los contadísimos escritores que aborda el amor, con desenfado y naturalidad, con verdaderas ganas de decir lo que trae adentro, sin pararse ante los añejos y pedantes tabús, y sin fijarse “en la moral y las buenas costumbres” que ya sabemos para qué sirven.

Y bien: aquí está una entrevista que la iniciamos en el Café Habana —claro, ¿dónde más?—, la continuamos en Bucareli y en la calle de Rosales y la completó ya en París, desde donde la envió, lógicamente acompañada de una buena descripción e interpretación filosófica sobre el viejo problema de los guardianes del orden. Pero, en fin, ahí va.

¿Qué hay de tu nuevo libro de cuentos, La lluvia no mata las flores?

Pues no mucho. En general se trata de un libro de amor, donde el centro obviamente es la pareja. La pareja y los problemas que padece cuando no se produce la relación común y corriente, cuando está integrada por dos mujeres o por dos hombres o por una anciana y un adolescente. Problemas que generalmente permanecen ocultos en nuestro sistema de vida y en nuestra literatura.

En La lluvia no mata las flores hay una fuerte dosis de erotismo, de violento erotismo. En uno de sus cuentos, digamos, en “Casa del silencio”, describo un acto sexual en dos o tres páginas, paso a paso; pero claro, está finamente tratado: el erotismo puede caer en la vulgaridad y convertirse en pornografía o en obscenidades.

¿Consideras, entonces, que con este nuevo libro te sales totalmente de tus ondas anteriores, los temas políticos, la fabulación, la ironía?

En efecto. Mis preocupaciones tradicionales son la política y la problemática social de aquélla. Nunca había escrito sobre el amor. Sólo que resulta que éste siempre me ha interesado y supongo que también es la causa de mis lecturas eróticas anglosajonas.

¿Consideras que en México no hay una verdadera literatura erótica?

Así es, mi buen Manuel. Ni en México ni en ningún país de habla española. El literato hispanohablante se ha acercado tímidamente al sexo, al amor. La explicación está en que vive dentro de una cultura heredada del catolicismo con serios remanentes feudales y sin educación sexual. Ya lo he dicho en otras ocasiones: nuestras literaturas carecen de equivalentes a Fanny Hill, a Moll Flanders (que vale sólo por una larga secuencia donde ella y uno de sus protectores permanecen siempre en la cama, pero separados por una supuesta barrera de contención), a El amante de lady Chaterly (que es quizá uno de los más bellos libros de este siglo), a Candy, a la obra Henry Miller y a tantos libros más, donde el erotismo muestra sus mejores momentos. Picaresca española es eso, picaresca, nunca ruborizó más que a mojigatos, que por otra parte ningún ser inteligente y culto se ruborizaría con cualquiera de las obras citadas que son para aprovecharse estéticamente, no para provocar “emociones fuertes”, Y en México la cosa es peor. Cada escritor nacional lleva la consigna de eludir al sexo, y el humor. Todos hacen dramones y a ellos han acostumbrado al lector, permanente, despistado, a llorar.

Bienaventurados los que no los escriben porque ellos serán los que provoquen algo más que vulgares lágrimas.

Salvo Ceballos Maldonado con Bajo la piel, García Ponce con La noche, Spota con casi toda su producción y el maestro Martré con su Safari, nadie más ha tocado el tema sexual; tal parece que mamá los dejó escribir con la condición de que no tocaran cuestiones sucias y pornográficas. Volviendo a mi libro, lo que trato de presentar es el fracaso de la pareja a causa del escenario donde se mueve o actúa. Mis personajes viven en una sociedad decadente, burguesa, donde se plantea precisamente la desintegración del amor a cambio de supuestos objetivos, como cumplir con los ordenamientos de la Ley de Dios, de la sociedad, comprar casa, ver televisión, etc. Es cierto que en la literatura de José Agustín, como lo señala Menton en su libro antológico, los personajes tienden a encontrar la posibilidad de realización, perciben la viabilidad del amor, pero son seres marginados, casi desenajenados o en vías de serlo; Agustín habla de un mundo de pocos, que luchan como él por mejorar, y los míos atienden a otros niveles: la sociedad capitalista de los Estados Unidos, la nuestra en sus aspectos burocráticos o estudiantiles burgueses. En otras palabras, los personajes de Agustín son luminosos y los míos grises y opacos. Escribí La lluvia… tratando de eludir la superficialidad con que el tema sexual ha sido tratado; sin embargo, no era mi única intención abordar el amor. También se vislumbran otras situaciones, otros conflictos.

A propósito del humorismo.

También es inexistente en México o casi, y éste fundamentalmente se debe a Ibargüengoitia (en narrativa y en teatro y ensayo), por un lado, y por otro, a Torri y al gran Arreola (ambos finos humoristas). Tal fenómeno es producto del sentido trágico del mexicano (cursilería necesaria para dármela de filósofo nacional), a su ridícula seriedad. El escritor nativo supone que rebaja su calidad si hace humorismo. Y es justamente lo contrario.

¿Y después de La lluvia…?

He retomado mis temas habituales: el humorismo (a mí no me da pena ser humorista), el género fantástico y la política; estoy escribiendo dos libros que por cierto ya están bastante avanzados: una novela, El gran solitario de Palacio, en la que describo en forma exagerada el mundo político mexicano, aunque jamás especifique tiempo o espacio; y uno de cuentos cortos, Apólogos, proverbios y refranes para políticos burgueses, militares latinoamericanos y uno que otro policía, uf. Ambos libros están emparentados con Hacia el fin del mundo y nada tienen que ver con los otros.

Se han hecho algunos comentarios acerca de tus reales y supuestas “influencias literarias”, algunos superficiales, otros en un plan más o menos serio. ¿Qué hay?

Más que hablar de influencias en mi literatura, que indudablemente las tengo como cualquier escritor que de hecho se inicia, me siento emparentado, sobre todo en buena parte de mis cuentos, con Kafka, con Borges, con Marichal, con Cortázar, con Mrozek, con Arreola y, en general, con toda la corriente fantástica literaria, cinematográfica y pictórica.

Quien escribe en 1970 tiene encima la carga de varios cientos de años de quehacer literario. Cuando escribí la “Fábula del pato inconforme”, que marcó la pauta de muchos cuentos míos, todavía no conocía a ninguno de los autores mencionados; la escribí alrededor de 1961 y se publicó al año siguiente en un periódico pequeñito que hacíamos entonces y luego en Mester (la revista del taller literario de Arreola: MB). De ahí que hable de parentescos, más que de influencias.

En muchos casos un libro está condicionado por la época o por el medio ambiente o por los avances técnicos y humanos. Hacia el fin del mundo no hubiera podido escribirse sin la presencia de la cibernética y la bomba atómica, que evidentemente no son creaciones de escritores. En muchos otros casos, he trabajado impulsado por algún avance en el campo de la ciencia, es decir la materia prima utilizada no siempre proviene de los libros. Algunos críticos han señalado influencias en Alegorías y en Hacia el fin…, pero nunca nadie lo hizo con Los juegos ni lo hará con La lluvia no mata las flores.

En los primeros fue sencillo porque el género fantástico está poco abordado y los ejemplos que tienen a la mano son de fácil acceso, o al menos eso creen. Lo que pasa es que manejan clichés; si escribes un cuento campirano, eres rulfiano, pero si lo escribes con ambiente parisino eres fuentiano y, si escribes una breve ficción, eres arreoliano.

¿Te arrepientes de haber escrito y publicado Los juegos, sobre todo a raíz de los pequeños odios y resentimientos consabidos?

En absoluto. Y los odios no son gratuitos, me los merezco, y qué bueno, me enorgullecen; provienen de tipos abominables, que detesto y que me parecen la mar de negativos e idiotas. En todo caso me gustaría rehacerla literariamente; las críticas siguen siendo válidas, concretamente las dirigidas a los políticos y a los intelectuales mexicanos. Para molestia de muchos, es probable que ya aparezca la tercera, edición.

Otra vez sobre las “influencias” ¿dónde se originan?

Pues para que estés satisfecho, habrá que buscar el origen de mis fábulas en tempranas lecturas de Esopo, Samaniego, La Fontaine, Iriarte, así como en los temas de la Grecia Clásica que siempre me entusiasmaron; temas que, por otra parte, han influenciado a docenas de escritores y que seguirán haciéndolo.

En cuanto al humor que hay en mi prosa, seguramente obedece a otro tipo de lecturas anglosajonas: Wilde, Shaw, Southern, Irving, Twain... y sobre todo a mi carácter que es bastante festivo, aunque no haga vida social ni vaya a cocteles ni pertenezca a organizaciones de escritores.

Y bien, se impone: ¿a qué vas a Europa?

Teóricamente, a seguir un curso de política internacional, aunque en realidad voy a conocer gente, lugares, museos. Estaré en Nueva York unos días y luego, iré a París donde radicaré un par de años si no me deportan antes. Además, me voy de México porque ya me aburrió, lo conozco bien, porque nunca fui entrevistado por Elenita, porque nunca fui mencionado en las gloriosas y crípticas páginas de Monsiváis y Piazza, porque Cuevas jamás me hizo un retrato, porque Fuentes no me invitó a sus sensacionales fiestas. Por todo eso me voy, mi querido Manuel. No creo encontrar en Europa el paraíso, sí culturas de las cuales seguimos dependiendo. Por otra parte, no te olvides que Europa es el primer requisito para que te dejen ingresar en el Boom...

Publicado en el periódico El Nacional. Suplemento Revista Mexicana de Cultura. VI Época, No. 97 Pág. 4. México, DF, 6 de diciembre de 1970.* Publicado en el periódico El Nacional. Suplemento Revista Mexicana de Cultura. VI Época, No. 97 Pág. 4. México, DF, 6 de diciembre de 1970.


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