René Avilés Fabila - Escritor

 

A la sombra de volcán *
Conversaciones sobre la narrativa mexicana actual


Beth Miller


René Avilés Fabila, un escritor de la ciudad de México, vino a Cuernavaca a dar dos conferencias, una a la clase de literatura, y la otra a la clase de cultura, sobre la pobreza en México. Fue jefe del Departamento de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma Metropolitana, aunque, como dice en la siguiente conversación, considera a la literatura como su “verdadera vocación”. Posteriormente, pasó una temporada como director de Difusión Cultural de la UNAM (puesto al que después renunció). Actualmente es jefe de la sección de cultura de Excélsior y director del suplemento El Búho.

La mayor parte de la conversación estuvo dedicada a sus reminiscencias de la Onda y su análisis de ella y de la crítica de Margo Glantz. También habla de los seguidores de la Onda y de la generalización de ese término. Aquí menciona su primer cuento (de unos cuatrocientos que ha escrito, además de novelas) titulado “Los pajareros”. Explica la génesis del cuento que la clase había leído, un cuento temprano que tiene lugar en el campo, que le es ajeno, “Préstenos su santo”. Entre otros temas también habla de la literatura gótica y sus posibles renovaciones, como lo hacen José Agustín y Juan Villoro y de la diferencia entre realismo mágico y la literatura fantástica.

Avilés Fabila es conocedor de la literatura mexicana y de muchos escritores norteamericanos. Menciona la influencia de los beat sobre su generación, cuyo maestro verdadero, según él, era Juan José Arreola. Los comentarios de Avilés sobre la generación de los sesenta y la influencia sobre ellos de la Revolución cubana son interesantes; asimismo su comparación entre los efectos de la Revolución cubana y la mexicana. Como profesor de sociología de la literatura le importa mucho aclarar en qué consiste la diferencia entre literatura revolucionaria y la literatura de la revolución. Dice: “La novela de la Revolución Mexicana transcribe, cuenta qué pasó durante la gran epopeya de la Revolución Mexicana. La literatura revolucionaria es la que cambia a la literatura misma”.

Creo que René Avilés es el único académico que viene a participar en nuestra clase en Cuernavaca. René, ¿desde cuándo das clases?

Creo que toda mi vida he dado clases. Empecé a dar clases en segunda enseñanza estando muy joven, tal vez a los veinte años. Y después de una estancia en Francia, regresé a México y siempre he dado clases en la Facultad de Ciencias Políticas y en la Universidad Autónoma Metropolitana, que es la segunda universidad de México. Allí soy jefe del Departamento de Ciencias Políticas. Toda mi vida he tenido que ir alternando, para mi desgracia, las ciencias sociales y la literatura. Es decir, de las ciencias sociales vivo y la literatura es mi verdadera vocación.

A lo mejor las ciencias sociales han enriquecido tu literatura. ¿Crees que la visión socio-histórica es común a tu generación?

Claro, claro. Hasta 1962 José Agustín y yo, por ejemplo, estábamos juntos en el bachillerato. José Agustín dejó de estudiar, se fue a Cuba seis, siete meses y yo decidí terminar la carrera. Así he sido siempre: tengo la idea de concluir todo lo que inicio. Por desgracia, el haber estudiado ciencias políticas me ha limitado un poco a tener que vivir en la academia, lo que es la vida universitaria, en esta esfera de las ciencias sociales. Pero, por otro lado, considero que sí ha enriquecido ciertos lapsos, ciertos momentos de mi vida. Al principio yo me sentí un escritor muy comprometido con la realidad inmediata, con la actividad política sobre todo. Dediqué muchos años a la militancia política de izquierda y eso me hizo escribir una serie de libros, entre ellos uno que se llama El gran solitario de Palacio que es un libro que se publicó en 1971 en Buenos Aires y que narra la matanza de 1968, la matanza de Tlatelolco. Ése es mi libro best-seller. Lleva once ediciones y se sigue vendiendo mucho, como que tiene un mercado natural. Supongo que se debe a la magnitud de la atrocidad del 68, ¿no? Entonces, hay libros que han resultado de mi formación de ciencias políticas y sociales, pero por otro lado he trabajado un tipo de literatura fantástica. Creo que soy de los pocos escritores mexicanos, si no es que latinoamericanos (habría que excluir a los argentinos que sí tienen una fuerte tradición fantástica por su relación con Europa) que escriben, literatura fantástica.

Tú le dices “literatura fantástica” y no empleas el término de “realismo mágico”.

No, no, es que a mí el “realismo mágico” no me interesa. Además, me parece sólo una variante exótica para calificar un tipo de literatura que se hace en América Latina. Yo nunca he usado el término de “realismo mágico”; me ubicaría más en la definición “género fantástico” que da Borges. Es más amplia. No limita y cabe de pronto en un texto de ciencia-ficción, o en un cuento donde aparecen fantasmas.

Estoy de acuerdo contigo, sólo que me gusta también el ensayo de Carpentier sobre lo real maravilloso y me parece que está bien tener eso como para distinguir la literatura latinoamericana de la europea. Aunque realmente como término literario no funcione muy bien.

Es confuso, realmente es confuso, porque finalmente Carpentier siente estar dentro de esa corriente de “lo real maravilloso”, pero la verdad es que yo nunca he querido ponerme en ninguna categoría. Margo Glantz recopiló hace quince años la antología más famosa que se ha hecho sobre mi generación. Se llama Onda y escritura. En esa antología estábamos los escritores que en ese momento teníamos veinte años y que habíamos crecido con el rock and roll. Entonces, Margo inventa el término: escritura de la Onda.

Para referirse a lo que escribían sobre la vida y la política, los jóvenes rebeldes de los sesentas y la marihuana y todo eso.

Las drogas vienen después, las drogas son un fenómeno posterior.

En Berkeley y San Francisco era un fenómeno que se produjo desde los inicios de esa década.

Sí, bueno, la marihuana en México es un elemento absolutamente familiar. Lo que pasa es que hace veinte años era para “la soldadesca”, para los sectores muy bajos. Y después se hizo tan elegante que uno iba a las casas distinguidas de México y en lugar de postre le daban a uno un cigarro de marihuana.

En platito de plata, ¿no?

Sí, sí, sí. Recuerdo haber ido a casas de alumnas mías y de pronto: “Maestro, por favor”. “No, yo sólo Winston, porque esos son un poco fuertes.” Pero con Margo Glantz siempre estuvimos en desacuerdo. Ella dividía dos grupos generacionales. En uno los que éramos muy jóvenes y escribíamos “la Onda”. Los libros de la Onda, aparte de rock y de drogas y de juventud, tenían como cualidad, para Margo Glantz, ser libros mal escritos. En este rango entraban Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña, que ya murió, desde luego José Agustín, yo y otros más. Pero nunca aceptamos esta denominación: Del otro lado estaban los que escribían bien, los que eran de prosa fina y elegante: García Ponce, Juan Vicente Melo, José Emilio Pacheco, la generación anterior a la nuestra. Nosotros nunca aceptamos esa clasificación y nunca hemos querido estar dentro de ninguna otra. Mis cuentos están entroncados con ciertas tradiciones sajonas. Por ejemplo, tengo un cuento llamado “Miriam”, como homenaje a un cuento de Truman Capote, que trata de una mujer que se enamora de un fantasma; Ves este cuento más entroncado con un tipo de relato gótico, ¡claro, con todas las variantes! Si los fantasmas subsisten es porque han podido evolucionar. Pero yo creo que es difícil encajonar a autores como yo, como Gustavo o como Agustín. En general es difícil hacerlo con los miembros de mi generación, cuando casi todos tenemos más de diez libros publicados, que son distintos unos de otros. Yo tengo quince o dieciséis libros, exactamente no recuerdo, y van desde la novela política que mencioné sobre el 68 hasta la novela de amor, como la más reciente que he publicado, La canción de Odette, en donde lo que se plantea es una relación amorosa y su fracaso. Los de mi generación somos escritores que estamos todavía en la búsqueda de algo.

Ayer, en la clase con José Agustín, él dijo otra vez (no sé cuántas veces más lo habrá dicho ya) que todavía está luchando contra esa clasificación de “la Onda” que persiste a pesar de que tiene tanto publicado y de que ha experimentado con distintas técnicas y tramas.

Sí, yo creo que Agustín es el más afectado porque es el más famoso de todos nosotros. José Agustín es el primero en publicar. Rápidamente tiene éxito, un éxito que para tratarse de México resulta realmente mayúsculo, un éxito de pronto apabullante. Ninguno de nosotros había soñado con tenerlo. Es el caso también de Gustavo Sainz. Claro está, en su caso estimulado por la ayuda de la publicidad, de las relaciones públicas, que se empiezan a manejar en México a partir de Carlos Fuentes. Es decir, antes de Carlos Fuentes los escritores mexicanos no usan las relaciones públicas, se avergüenzan de autopublicitarse, de autopromoverse. Nunca lo haría un Rulfo; no lo hizo Juan José Arreola en su momento y así por el estilo. Pero Carlos Fuentes no tiene ningún empacho en utilizar las relaciones públicas para promoverse abiertamente.

Pero, ¿por qué dices Carlos Fuentes y no Octavio Paz?

Bueno, estaba pensando en prosistas, más que en poetas. Sí, Octavio Paz es un publicista extraordinario, ¿verdad? Porque en el 68, él dice que renuncia a su embajada en la India como protesta al gobierno de México por la masacre de Tlatelolco y la verdad es que no renuncia. Octavio Paz pide que lo pongan en disponibilidad y el gobierno mexicano reacciona brutalmente y lo cesa. De pronto Paz, siendo un hombre de derecha, se ve convertido en héroe de la juventud revolucionaria, ¿verdad? Paz no renunció, en México nadie renuncia, todo mundo espera a que lo corran. Ésta es una tradición también muy, muy nacional. Entonces sí creo que es difícil entrar dentro de estas etiquetas y siento que, definitivamente, Agustín es el que más lo tuvo que sufrir.

Parménides García Saldaña es un caso distinto, ¿no crees?

Sí. Parménides había vivido mucho tiempo en Estados Unidos. Agustín no. Agustín empieza a tener relaciones con Estados Unidos recientemente. Pero Parménides había ido a oír música de jazz a Boston, por ejemplo; había estado en el norte de los Estados Unidos; había viajado por muchos lugares. Hablaba bien inglés; sabía muchísimo no sólo de rock, sino de blues, de jazz, etcétera, él sí sentía tener esta influencia del rock y las drogas, ¿no? El murió por esto.

Alumno: Yo quería preguntarle sobre su generación. ¿Qué influencia reciben de la generación beat, de Ginsbeg y toda esta gente?

Son muy importantes. Nosotros los descubrimos en 1960 o un poco antes tal vez. Creo que mi generación hace las primeras traducciones al español de Ginsberg y de Kerouac. Pero también fueron muy importantes libros como Lolita de Nabokov; un libro que de pronto nos descubre toda una serie de posibilidades de los jóvenes.

Habría que mencionar también El cazador oculto de Salinger.

Creo que ese libro es fundamental para escribir La tumba o De perfil. Ambos casos, Lolita y El cazador oculto, nos acompañaron en nuestros inicios. Pero como no éramos poetas (casi todos éramos prosistas), pronto dejamos a los beats. Lo que nunca se dejó, y esto es algo muy curioso, fue el rock. Después de no ver a José Agustín durante muchísimos años, lo encontré y le dije: “Yo sigo siendo fiel, yo no escucho música mexicana, ni música latinoamericana”. José Agustín fue uno de los descubridores, junto con Parménides, del rock. Creo que nuestra generación es una generación muy colonizada por los Estados Unidos. Somos una especie de mezcla, una suerte de hijos de Marx y de Coca-Cola. Cuando conocí a Agustín él llevaba en un pequeño cuaderno de notas todo el hit parade. Esto sucedía cuando las big bands sonaban todavía mucho (qué sé yo, aún estaba vivo Glenn Miller) y aunque Agustín era muy chico estaba al tanto de todo aquello. Eso fue evolucionando naturalmente y para él fue decisivo. No creo que literariamente el rock me haya dado mucho, aunque tengo un libro que se llama La lluvia no mata las flores en donde aparece mucho rock, mucha influencia de todos estos elementos que vengo señalando, pero luego de ese libro volví a lo que normalmente había trabajado.

¿Y ese título?

El título es una variante de una canción de Simon y Garfunkel. Ahí verán que Margo Glantz sí tenía cierta razón, aunque no toda porque ella nada más vio esa parte de nuestra obra, nunca se le ocurrió ver otros libros nuestros donde tratábamos otros temas, otros problemas, otros personajes, otro tipo incluso de literatura porque cada tema, lo sabemos, tiene un tratamiento peculiar.

Desde luego ella no estaba pensando en un cuento como este tuyo que hemos leído, “Préstenos su santo”.

No. Ya es un cuento viejísimo, que escribí en 1959 ó 1960 tal vez. Yo he escrito más de cuatrocientos cuentos cortos. Sería muy difícil que recordara cómo escribí cada cuento, pero “Préstenos su santo” sí lo recuerdo muy bien porque estaba yo en la cocina con mi mamá y fue ella quién contó esta anécdota. Me reí mucho y le dije: “espérame”. Entonces fui a mi habitación y la escribí. No sé si está dedicada a ella o no.

En esta antología Jaula de palabras, ¿no?

Creo que en la edición original dice “a C.F.”, que es mi mamá. Todo mundo pensaba que era Carlos Fuentes. Pero yo nunca tuve nada que ver con el campo. Nací en la ciudad de México y nunca visito pequeños poblados ni nunca me han interesado. Cuando estuve en Europa viví todo el tiempo en París y cuando voy a Estados Unidos procuro estar en Nueva York.

¿Te gusta Los Ángeles?

No conozco Los Ángeles. Pero me abruman las ciudades pequeñas. No soporto la tranquilidad; necesito el ruido, necesito las discotecas, las librerías, la contaminación. Mi literatura siempre es urbana. Todos mis personajes se desarrollan o trabajan o viven o sufren en ciudades, y “Préstenos su santo” fue esa ave rara que de pronto queda por ahí. La escribí muchas veces, cierto, porque al principio la escribí como lo hacen tantos mexicanos que escriben de indígenas: “pos”, “haiga”, “patroncito”, en fin, este lenguaje falso, ¿no? Que no tiene ningún sentido porque Rulfo, por ejemplo, no lo hizo. Rulfo recreó el lenguaje de tal manera que le dio una grandiosidad extraordinaria y lo mismo Valadés y lo mismo Rojas González, todos los autores buenos que han tratado el tema del campo mexicano. Los malos lo han tratado justamente como digo, como maniqueístas, como Argüedas en Perú. Para Arguedas el indio siempre es bueno y el blanco o mestizo siempre es malo.

No hay que hablar mal de Arguedas...

Sí, ya, a mí siempre me pasa esto: siempre hay algún admirador de Arguedas. Lo mismo en Francia, que en España, que en Estados Unidos.

Pero volvamos a tu cuento “Préstenos su santo” ¿no?

Sí, lo escribí varias veces hasta que tuvo esta forma. Nunca lo quise publicar, pero en algún momento cuando estaba yo en París, necesitaba dinero urgentemente y pensé en concursar en Casa de las Américas (de ahí mi relación con Poli Délano). Entonces mandé un libro de cuentos que se llama La desaparición de Hollywood. Era muy pequeño. Yo estaba escribiendo una novela en ese momento. Entonces, buscando, encontré este cuento y dije: “también lo voy a meter”. Y lo metí, pero para que no se disparara el libro, opté por dividirlo. Así que puse en el número uno algo que pudiera ser como lo mexicano y ahí estaba “Préstenos su santo”. En un número dos, estaba incluido algo más cosmopolita. El libro termina precisamente con un cuento que se llama “La desaparición de Hollywood” en donde el personaje central es Charles Chaplin. Mandé el libro al concurso y ganó el premio de la Casa de las Américas, con Poli Délano como jurado.

¿Así conociste a Poli?

Sí, fue la primera vez que oí hablar de Poli, porque antes de las dictaduras sudamericanas, cabe señalar, los latinoamericanos no nos conocíamos. A mí la verdad es que todavía me tiene sin cuidado lo que pasa en Chile y al revés. Es decir, Argentina se descubre solidaria de América Latina cuando tiene la guerra con los ingleses. Brasil se preocupa de que haya un continente alrededor suyo, semejante, con sus mismas características, cuando hay futbol y punto. Pero no hay una relación, no se puede hablar de la gran unidad latinoamericana, de sus sueños, el sueño bolivariano. Un sueño que sigue siendo de muchos. En este último viaje de Felipe González a México, llegó a mencionar otra vez esta cosa de “ah, qué bonito Latinoamérica unida”. Es imposible. Pero el caso es que ahí oí yo por primera vez el nombre de Poli Délano. Y, curiosamente, los cubanos deciden publicar algo y, pues claro, tienen que asumir esa actitud de buscar lo latinoamericano, encuentran este cuento y lo publican y así llega a Alemania Oriental, a Alemania Democrática, y esos sí me mandaron unos marcos que nunca he podido cambiar. Después la Alemania Federal lo tomó y lo volvió a publicar; luego lo tradujeron al servocroata. Es un cuento que ha tenido una fortuna extraordinaria porque, claro, en términos generales, la visión que hay de México en el mundo es esto: el indígena, el cura, el pueblo, el fenómeno religioso contado con esas características. Por eso ha llamado tanto la atención. No sé por qué lo incluyó Gustavo Sainz en su antología.

Realmente, en esta colección no hay muchos cuentos sobre la provincia.

No, pues no. Es que ya en México nadie escribe cuentos rurales. Es decir, éste es un país, todavía, con un gran número de habitantes en el campo, un país de ciertas características agrícolas. Sin embargo, la literatura del campo está exhausta. Si ahora tú haces una literatura tradicional del campo, a nadie le interesa, nadie la compra. Los mismos escritores de provincia buscan las capitales, concretamente la ciudad de México, o se quedan en sus lugares de origen, pero escriben con otras características. Sí, escriben otro tipo de cosas. Yo lo sé porque de pronto me invitan a ser jurado de concursos y leo los materiales de los jóvenes, y no tienen nada que ver con una literatura agraria, del campo. Es que la literatura, hoy en día, es urbana. El campo, a pesar de la importancia que sigue teniendo en América Latina, como tema de literatura está perdido, muerto.

yer, en la “Ruta de Zapata” nos estábamos imaginando la Revolución y si esos pueblos sirven para guerrillas: Tlaltizapan, Anenecuilco Chinameca...

Acuérdate de la guerrilla. Aquí hubo una guerrilla que derivó también en la literatura. Hay una literatura de la guerrilla, no desarrollada, porque la mayor parte fue gente afectada o que no era literata; pero, por ejemplo, estaba Salvador Castañeda que ahora trabaja en Bellas Artes, tipos que fueron guerrilleros y que sobrevivieron y que escribieron sus experiencias como tales. Pero la guerrilla en México fue un fracaso, absolutamente un fracaso. No hay ninguna condición para hacer ningún movimiento de ese tipo, por más que la prensa norteamericana pueda decir en algún momento dado lo contrario. La literatura mexicana ha recogido las grandes hazañas del norte pero no las del sur. Villa está en todas las novelas de la Revolución Mexicana, pero no está Zapata. Ha tenido que venir el norteamericano John Womack justamente a escribir una biografía del pobre Zapata. La novela de la Revolución Mexicana refleja muy bien a la Revolución Mexicana: todo el periodo de Cárdenas donde se da un acentuado amor al indígena mexicano, donde se redescubren los valores nacionales. La explotación del indígena y la lucha contra el imperialismo sí se ven en la literatura. Tenemos literatura de tipo indigenista y sí se ha reflejado lo suficiente. Muy bien, ahora, creo que nosotros hemos reflejado también la relación con Estados Unidos o lo que nos importa a nosotros de Estados Unidos. Me imagino que los más jóvenes ya poseen una influencia más que de Estados Unidos de Sudamérica, de argentinos, de chilenos. Piensen ustedes nada más que no son sólo escritores, son también profesores de escritores, como es el caso de Poli, entonces influyen sobre los escritores mexicanos.

¿Hay gran número de talleres en manos de chilenos y de argentinos?

Sí, y es natural que de pronto se empiecen a filtrar cosas como que ahora vamos a oír un tango, a oír un bolero, una cueca, ¿verdad? Entonces, supongo que en algún momento se reflejará su presencia. Como más o menos yo lo decía en la presentación que hice de Poli en la Casa de Chile, aunque ahí era al revés. Yo me refería a la influencia que México ha tenido sobre los narradores que han venido a nuestro país. Que es el caso también de España cuando cae la República. México en ese sentido es un país afortunado porque recibe la mayor parte de la migración española. Son los intelectuales. Son profesores de derecho, de filosofía: escritores, poetas, pintores. Es una inyección cultural extraordinaria para México.

Alumno: ¿Usted cree que hay alguien que haya dedicado su literatura al rock and roll?

Sí. Parménides García Saldaña. Incluso uno de sus libros se llama El rey criollo: el King Creole de Elvis Presley.

Alumno: Leyendo “Cuál es la Onda?” de Agustín se nota que hay un ritmo de rock and roll.

Sí y de rock and roll de la primera época, de ése muy vertiginoso.

Alumno: La Onda ¿es un término despectivo?

Depende de quien lo diga; pero en el momento en que aparece, Margo Glantz lo usa peyorativamente. Por eso inventa la dicotomía entre los escritores de la Onda y los de la Escritura que implicaba escribir bien. ¿La Onda? Pues los imbéciles que escribimos mal, con influencia de rock, de drogas, de marihuana, etcétera. La verdad es que cuando nosotros empezamos a escribir únicamente bebíamos ron, nunca se nos ocurrió drogarnos. De pronto los Beatles van a la India y entonces vemos hacia la modesta marihuana mexicana. Agustín en ese sentido fue un ejemplo. Yo nunca pude fumarla. Me costaba trabajo. Lo que hacía era tomar LSD, que era mucho más cómodo: estaba uno doce horas como estúpido pasándola sensacional. Agustín tenía una frase que decía “los viajes ilustran, aunque sean con LSD”. Pero a partir del rock sí se fue quedando todo este mundo de las drogas. Agustín muy joven contestó en una entrevista que yo le hice en la revista Siempre! : “Creen que escribimos mal, inténtenlo, háganlo”. El problema que yo le veo a la literatura de la Onda es que todavía no haya una definición exacta ni a nosotros nos han estudiado con cuidado.

En el encuentro de la LASA (Latin American Studies Association) en el otoño seguramente van a tratar de encontrar una definición en la sesión sobre la Onda.

Sí, vienen profesores de Estados Unidos, y todos los escritores de México que supuestamente estamos en esto. Mi ponencia, haciendo un paréntesis, se llama “De la Onda gruesa a la respetabilidad”.

¿Tu autobiografía?

Sí, porque ahora uno es jefe de departamento, profesor, o propietario de casa, de automóviles. Cuando en aquel momento uno no tenía nada, importaba un carajo todo. Bebía uno delante de quien fuera, hacía uno lo que le daba la gana. La idea era escandalizar a la sociedad: protestar, agredirla y se agredía efectivamente. Pero sí, este término de la Onda se usa con desdén.

Creo que ya va cambiando, hay una evolución.

Lo que pasa ahora es que quieren englobar a un grupo más numeroso de escritores como autores de la Onda. Pero he aquí el problema: todos esos son los hijos de José Agustín, de Gustavo Sainz, de Parménides García Saldaña; jóvenes que escriben así de pronto y entonces creen que mentar la madre, decir palabrotas, fumar en cada página un cigarro de marihuana, tomando un ácido oyendo cualquier rock, creen que todo esto es literatura de la Onda. Hay toda una corriente nefasta, aburrida, tediosa, de jóvenes que están imitando a sus modelos. Yo no creo haber contribuido a eso porque la dejé muy pronto; es decir, dejé ese tipo de literatura. No era suficiente, no era convincente para mí: Agustín sí estaba más metido. Los tres años de diferencia que hay entre Agustín y yo determinan toda una actitud, a pesar de que habíamos estudiado juntos, de que había sido novio de sus dos hermanas... No al mismo tiempo, por favor, no me mires así. Una primero y luego la otra; a pesar de eso, había diferencias, diferencias que marca el estar afiliado a un partido político durante tu juventud, lo que implica ir a las aulas luego irte a hacer el posgrado a una universidad que en esa época, a pesar del 68, era pedantona.

En cuanto a “Préstenos su santo” ¿te dijeron que imitabas a Rulfo?

No, nunca me lo han dicho. El primer cuento que escribí se llamaba “Los pajareros” y se trataba de una campesina, una indígena que venía de las afueras de la ciudad y vendía pájaros. Iba con un niño, su hijo. Entonces, andando en una colonia rica (nótese que ya tenía preocupaciones sociales) de pronto alguien la llama, corre el niño más rápido que la madre, porque la madre lleva las jaulas, y un automóvil lo atropella. Tiene metáforas cursis: “como arcoiris los pájaros escapaban”. Ese cuento, por desgracia, mi mamá lo publicó en una revista magisterial. ¿Qué significaba? Que yo estaba bajo la influencia de toda esta corriente que se inaugura con la Revolución Mexicana, volver los ojos hacia México después del enorme afrancesamiento del porfirismo, de tal suerte que cuando se descubre México a sí mismo, se descubre en serio. Hay cientos de libros horrendos sobre el campo mexicano y muy pocos valiosos.

Miles, algunos buenos.

Sí, miles. De tal manera que había que reflejar eso. Así hice en mis primeros tres cuentos, uno sobre la Revolución Mexicana de un general al que fusilan las tropas de Villa, por supuesto; otro, el de “Los pajareros”; y otro sobre una peregrinación en Guadalajara. Yo era un Rulfo sin talento y no sabía qué hacer. Entonces un día escribí una fábula que se llama “La fábula del pato inconforme”. De repente esa fábula me hizo cambiar. Bueno, yo había leído mucho a los clásicos griegos, y entonces me dije: ¿por qué demonios no utilizo lo que yo sé, y me pongo en donde sé que debo estar? Empecé por ello a escribir fábulas y me las publicó Juan José Arreola. Mi generación tuvo un solo maestro directo, Juan José Arreola. Arreola fue nuestro mentor y el autor de la revista donde nos agrupó como generación.

¿No había sido jefe del Centro Mexicano de Escritores muchos años?

Era maestro. Rulfo, Arreola, el doctor Francisco Monterde y una escritora norteamericana Margaret Shedd, que escribió una novela sobre Moctezuma.

En fin, entonces empezaste por esas influencias, pero ya luego las erradicaste de tu obra.

Nunca he vuelto a escribir sobre el campo mexicano. Ni tengo idea de lo que pasa en el campo mexicano, ni lo visito. Hoy hice una excepción. Para mí, esto es el campo.

Alumno: Me gustaría saber si usted piensa que la Revolución cubana tuvo algún efecto sobre la literatura de su generación.

No. Creo que éste es un tema muy interesante porque de las revoluciones del siglo veinte, sólo dos tienen una gran influencia sobre la literatura. Cuando hablo de revolución, hablo de un cambio radical y profundo de la sociedad. La Revolución rusa de 1917 crea toda una serie de autores de gran magnitud, como Mayakovski, y que se pierden en la medida en que la dictadura stalinista se va apoderando de la burocracia. Pero de todos modos se sacude de tal manera que se crea una estética nueva. La Unión Soviética brilló en ese momento después de la revolución como nunca lo había hecho un país. El otro caso es el de la Revolución Mexicana. La nuestra… No revoluciona las letras, no revoluciona la música, pero da cierto tipo de literatura, cierto tipo de música propia de la Revolución. La Revolución cubana ya no, la cubana incluso dentro de los límites de Cuba, tiene una influencia mínima. Es decir, yo pienso que los escritores más importantes de Cuba ya estaban formados. Unos en Europa, como Carpentier. Otros como Retamar, que habían vivido en los Estados Unidos.

No estoy de acuerdo contigo, porque acabo de dirigir una tesis doctoral sobre poesía cubana revolucionaria, es decir, posterior al 59. Quizá no estás consciente de los efectos de la revolución en la literatura porque ya es una revolución vieja.

Pasó hace veinticinco años, prácticamente.

Sí y creo que los efectos en el caso de Cuba son más sutiles que en el caso de la Revolución Mexicana.

Ah no, efectos sí había, tiene que haber. Cuando en 1959 toma el poder Fidel Castro, para mi generación ése fue un hecho extraordinariamente importante, tanto que lo primero que podía hacer un miembro de nuestra generación era ir a Cuba. Nosotros nos alistamos como voluntarios cuando la invasión de Playa Girón, de Bahía de Cochinos. Para nosotros era muy importante la Revolución cubana. Sin embargo, yo no creo que haya influido en la literatura mexicana. Ahora, hay una secuela más complicada; eso es otra cosa. Social, política y económicamente la Revolución cubana claro que influye en toda América Latina.

Incluso en los Estados Unidos.

Sí, se tienen que hacer una serie de cambios. Cambia la estrategia política. ¿Cómo es posible que de pronto, a sólo doscientos kilómetros de Miami, se les plantan los cubanos declarándose marxistas-leninistas, estrechando sus relaciones con los soviéticos? Entonces tiene que cambiar todo. Esto influye mucho en América Latina y empiezan a gestarse los movimientos de liberación nacional y las guerrillas. Las guerrillas en Guatemala o Uruguay con la guerrilla urbana. Cabe señalar de paso que en ese tiempo existe una pugna entre Guevara, que planteaba una guerrilla rural, y los Tupamaros que plantearon siempre una guerrilla urbana. Estos fenómenos que se van dando, que van involucrando a mucha gente, en Argentina, en Uruguay, en Bolivia, repercuten en los escritores. Pero la Revolución cubana no es un fenómeno estético. Guillén ya era un viejo, Lezama ya era un viejo. Las glorias de la cultura cubana, como la bailarina Alicia Alonso que era una mujer de cincuenta y tantos años al momento de la Revolución cubana... todo mundo está formado. Los que siguen se forman, efectivamente, pero muy mal, porque tienen los defectos del realismo socialista.

No tanto, no en la poesía. Hay de todo.

Pues, debe haber escritores importantes. Ahora, retomando la pregunta, ¿cómo nos influye la Revolución cubana? Literariamente, en nada. Es decir, nosotros la seguimos políticamente, sí. Toda esta generación de la que estábamos hablando, la mayor parte formábamos un movimiento que se llamaba MAL (Movimiento América Latina), y este grupo tenía una sola función: defender a toda costa la Revolución cubana. Entonces, en lo político la Revolución cubana nos influyó, nos estimuló. Cuando mataron al Che Guevara en Bolivia casi nos suicidábamos masivamente. Gerardo de la Torre y yo llorábamos. Agustín estaba por ahí entristecido en un rincón con un trago de ron. Y así por el estilo. Fue un impacto para nosotros, pero eso nunca pasó a la literatura, nunca.

¿Y cual fue tu experiencia en Cuba?

Cuando llegué a Cuba en el 71 o 72 (ya no recuerdo) encontré que la Revolución, como suele suceder, se había convertido en gobierno. Y entonces ya existía una burocracia y había formas, estilos, lineamientos que seguir. De mi relación con los escritores cubanos te voy a decir solamente una anécdota y la puedes borrar de tu grabadora porque, francamente, me da mucha pena contarla, pero el caso es que un día, en la Casa de Chile justamente, yo, como representante del Partido Comunista Mexicano, acudo a Roberto Fernández Retamar, miembro distinguido del Partido Comunista Cubano, y le digo: “Roberto, necesito que nos hagas una antología sobre Martí para la editorial del Partido Comunista Mexicano”.“Mándamelo por escrito con tres copias” —me respondió. Eso es burocracia. Dije: “No, Dios mío, ya nada con estos tipos”. Sentí que el distanciamiento fue dándose así; es decir, yo mandaba cosas para publicar y no me las publicaban o seleccionaban cuentos como “Préstenos su santo”. Pero, ¿cómo van a meter un cuento fantástico donde una muchacha se enamora de un fantasma? El fantasma existe y es una realidad y ahí está y hacen el amor. Yo creo que si uno asume actitudes revolucionarias, con comillas o sin comillas debe considerar la maravillosa amplitud de la imaginación. La literatura fantástica no es evasión, es un compromiso diferente, más complejo.

Los cubanos hacen literatura policíaca y también ciencia-ficción.

Se están salvando porque no es lo mismo Cuba que la Unión Soviética. Cuba es un país latinoamericano, un país tropical. Todavía bailan, tocan tambores y hacen ruidos y todas estas cosas que hace la gente con influencia del trópico, ¿verdad? Es posible que haya diferencias. No las conocemos porque ya no llega literatura cubana a México. Yo me confieso un pésimo lector de literatura contemporánea latinoamericana y me declaro un ferviente lector de los clásicos. He vuelto a Shakespeare, a Cervantes, a Goethe, a todo aquel que creo que me va a enriquecer. Porque ya yo estaba cayendo en lo panfletario.

¿Qué libro tuyo lo consideras panfletario?

Escribí un libro con puras guerrillas; quizás el único libro de guerrillas que se haya hecho en México. Ni lo busquen porque lo retiré del mercado: era malo, estaba mal escrito, era demasiado mensaje. Ese es el problema de la literatura latinoamericana. Existe demasiado mensaje, demasiado contenido político: La discusión que tiene uno muchas veces con estos camaradas radica en que creen que el contenido es lo más importante, que hay que decir la verdad de los vietnamitas, del pueblo chino. A mí me parece estupendo, pero la literatura no puede ser así de obvia ni puede sólo mandar mensajes. Yo creo que todo gran escritor deja implícita en su obra un mensaje. Por ejemplo, tenemos el caso sobrado y gastado de Balzac. Es decir, Balzac pensaba a veces como monarquista, pero si nosotros queremos ver el ascenso de la burguesía francesa, está ahí, en La comedia humana, donde la burguesía es revolucionaria y desempeña un papel importante. La obra de arte, teniendo trascendencia, obviamente lleva un mensaje.

¿Y las obras de Borges?

El tan vituperado Borges es uno de los escritores que más admiro. Bueno, lo acusan todos los días de reaccionario, de anticomunista, de canalla, sin embargo, su trabajo literario es auténticamente revolucionario. En mis clases de sociología de la literatura, procuro que los alumnos distingan literatura de la revolución, de literatura revolucionaria.

Cuando yo le dije algo parecido a Borges, él me respondió: no me gustan tus “metáforas militaristas”. Se refería a ello porque también había usado el término “literatura revolucionaria” y también había hablado de literatura “de vanguardia”, y eso lo ofende... pero Borges es Borges. ¿Qué dices de García Márquez?

Bueno, García Márquez es un escritor como Cortázar. Son envidiables. Logran fusionar su posición política con el arte. Pero son casos aislados. Creo que uno debe buscar básicamente la obra de arte y después ver lo demás. Yo disfruto a Cabrera Infante y políticamente lo detesto. Severo Sarduy no me cae mal porque me tocaba las piernas..., ya a mi edad, quien me agarra las piernas, sea hombre o mujer, pues bienvenido. Pero discrepo totalmente de su posición política. Yo sí creo que Cabrera Infante y Sarduy hicieron una gran campaña en contra de Carpentier y de escritores que eran amigos míos. De tal manera que puedo discrepar de ellos, pero no puedo negarlos como artistas. Tampoco pude hacer eso con Borges. La prueba es que llegando a Buenos Aires, a pesar de mi radicalismo de esa época (estoy hablando del 71 tal vez), pedí entrevistarme con él. Bueno, hablar con Borges es oírlo porque él habla y habla y habla. Yo lo recuerdo además como un hombre ingenioso y lleno de humor. Lo primero que me dijo: “Ah, mexicano. Nosotros los argentinos somos unos rústicos frente a ustedes. Ustedes los mexicanos tan cultos, tan finos”. Entonces yo le dije: “Oiga, maestro, momento, usted habló nada más con Alfonso Reyes seguramente. No todos mis paisanos son así”. Siempre he sostenido esto, incluso dentro de la izquierda. Es decir, me preocupan las imágenes, la musicalidad, el ritmo de la prosa. Eso es lo que me interesa. Ahora, si además de eso hay mensaje, bueno, qué maravilla.

Sí, qué maravilla.

Cuernavaca, junio de 1983

Tomado del libro A la sombra de volcán. Conversaciones sobre la narrativa mexicana actual de Beth Miller. Universidad de Guadalajara/Xalli, Universidad Veracruzana, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes e Instituto Nacional de Bellas Artes. Pp. 155 al 172* Tomado del libro A la sombra de volcán. Conversaciones sobre la narrativa mexicana actual de Beth Miller. Universidad de Guadalajara/Xalli, Universidad Veracruzana, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes e Instituto Nacional de Bellas Artes. Pp. 155 al 172


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